¿De qué va esto? Ni se sabe, las palabras dirán...

24.7.08

SOBRE LOS CARREFURES o un poco de cachondeo veraniego

Pese a mis esfuerzos, y no vanos, en entender la relación que existe entre la felicidad y las compras en un hipermercado un sábado por la mañana, debo reconocer mi fracaso.
Creo que soy una de esas personas que no comprenden que ese sentimiento tan elevado — el de la felicidad — se alberga siempre en las cosas más pequeñas, en los detalles más insignificantes que día a día van moldeando nuestra vida. Como siempre me han dicho que era rara, y yo deseaba quitarme ese estigma, me avine a acompañar a mis amigas a hacer la compra semanal, un sábado por la mañana a una gran superficie.
En el coche, mientras conducía, me prometí no ponerme nerviosa y disfrutar, como ellas ya estaban haciendo, del inicio de la felicidad que se nos avecinaba.
— ¿Lleváis una lista muy larga? — pregunté (bendita inocencia la mía)
Mis dos amigas me miraron extrañadas.
— ¿Para qué quieres la lista?
Me di cuenta entonces de que había tropezado con el primer guijarro en el camino de la felicidad. En estos casos la lista era un añadido, no hacía ninguna falta. Me sentí un poco avergonzada y callé. No les dije — para evitar reincidir en la racanería y en la rareza — que yo soy de esas personas que se preparan los menús semanales y baja a la tienda de la esquina con una listita primorosamente confeccionada que incluye de todo. No me atreví a mencionar que yo soy también de las que inspeccionan de cabo a rabo la despensa, el frigorífico y el congelador para evitar comprar cosas superfluas. Y para que no se rieran también de mí, porque ya se sabe que la hilaridad puede nacer en cualquier detalle anodino, no les confesé, desde el empacho que ya sentía, que yo soy de esas que creen que con una buena organización se puede llegar a ahorrar. Así pues, sonreí y asentí.
— Gira a la derecha, que te pierdes.
Arriba como colgado de una percha del imponente cielo de un sábado del mes de Agosto, sobresalía un cartel indicando la entrada del aparcamiento del hipermercado.


Entrábamos de lleno en el umbral de la dicha. Nos detuvimos en el carril de acceso que daba a la futura entrada al aparcamiento, justo en medio de una rampa de cuyo asfalto ascendía sin remisión una vaharada de calor que inundó nuestros pulmones. Sentí un ligero vahído que atribuí en un principio, siguiendo mi más innato sentido de la lógica, al calor, pero pronto me arrepentí y, aunque sin confesarlo en voz alta, me dije que aquel mareo era el primer empellón de la felicidad que en cuestión de horas — en cuanto lográramos llegar a la puerta del hiper — se sublimaría en mi cuerpo.
Sentirse atrapado en un atasco era lo peor que me podía suceder pero en aquel momento cuando la felicidad estaba a punto de convertirse en algo tangible, empecé a mirarlo desde otro punto de vista. Seguí los acertados consejos de mis amigas y cambié de emisora y al son del ritmo festivalero propuesto por la emisora, ellas comenzaron a agitar sus cuerpos que comenzaban a tener color de carne recalentada en el microondas.
— Así no nos aburrimos — me dijo Merche.
Yo sonreí. Y pensé, aunque no osé decirlo en voz alta, que las oleadas que ascendían por todos los resquicios del coche desde el asfalto nos iban a provocar una lipotimia.
Avanzábamos muy lentamente, como en una procesión de Semana Santa. Por el carril opuesto iban saliendo los coches que abandonaban el aparcamiento del hipermercado, pero para mi desesperación apenas pasaba uno cada cinco minutos.
He de reconocer que mis amigas venían bien pertrechadas para estas situaciones. De sus amplios bolsos — no exiguos como el mío — aparecieron revistas del corazón, walkmans (no sé para qué si la radio estaba a toda pastilla) y abanicos de restaurante chino. Yo, como es normal, quedé en ridículo pues sólo tenía a mano unas cuantas hojas de propaganda del dichoso hipermercado con las sorprendentes ofertas de 10 x 1 que sin compasión alguna nos atarugan los buzones. Me repasé una y otra vez los llamativos precios que me sugerían las cromáticas hojas de papel, mientras cada cinco minutos soltaba el freno de mano, ponía la marcha y el coche avanzaba en un trompicón los escasos diez metros que lográbamos recorrer.
Calculé, sin ser esta disciplina en la que más brillo, que a este paso y según donde estábamos — a mitad de la rampa todavía — tardaríamos una hora más en alcanzar nuestro objetivo. El cuerpo se me resintió, no sé si debido al calor o a mi necedad por no comprender que estaba en el camino de la dicha.
Miré el reloj: las doce del mediodía. ¡Dios mío!, me dije, había salido a las nueve de mi casa, a las nueve y media había recogido a Merche y a las diez estábamos las dos esperando a que Luisa terminara de colorearse la cara como si se fuera de fiesta. De repente me vino a la memoria una frase a la que no había prestado atención pero que sin querer se había incrustado en mi mente: "Comeremos cualquier cosa en la bocatería del centro comercial, cariño", le dijo Luisa a su marido que nos despidió con un sonoro bostezo y un gesto de asentimiento. Ahora comprendía. Incluso si seguíamos así podríamos ver una película y dormir en el aparcamiento.
A la una, después de aparcar de mala manera, en una plaza estrecha y lejos del techado — que hubiera evitado que el coche se derritiera — bajo la losa de rayos solares que socavaban el asfalto, abrí la puerta del coche. Mis amigas salieron con la euforia de un primer día de colegio; a mí me dolían hasta las pestañas, la cara me brillaba como si me la hubieran lustrado y unos hilillos de sudor habían formado una hendidura en la piel de entre mis pechos. Me pesaban las piernas, una — la derecha, — agarrotada a causa del pedal del acelerador. La otra, la que me quedaba, simplemente dormida. Por suerte la cabeza no me daba vueltas, sólo la presentía crecida como una calabaza, pero me dije que aquello eran los primeros indicios de la felicidad. En medio de la algarabía de la gente que salía a borbotones por entre las fauces abiertas del león cuyas tripas estaban abarrotadas de felicidad, mis amigas y yo fuimos a coger un carro. Ninguna llevaba la moneda de euro o cincuenta céntimos necesaria.
— Mira que te lo tengo dicho, Luisa, siempre nos pasa lo mismo.
Yo, con el ánimo dispuesto a todo, saqué del fondo de mi bolso un aparatito plano que sirve a la vez de llavero y es un sustituto perfecto de cualquiera de ambas monedas. Ya decía que soy muy organizada.
El sol caía como una condena, pero soportable, puesto que era el paso previo a la placidez que íbamos a encontrar en las tripas del león. Me fijé entretanto en los rostros con los que me iba topando para leer en ellos, en sus arrugas, los símbolos de las sensaciones que me aguardaban. Ante la entrada, las fauces se abrieron de par en par y el aliento helado que expelían las tripas de este hormiguero humano nos alcanzó de lleno en el cuerpo.
— Esto es la antesala del cielo — dijo Merche entrecerrando los ojos mientras empujaba el carro.
Una vez alcanzadas por el toque de gracia de las primeras exhalaciones, nos internamos en aquel triperío dominado por seres como nosotras, dirigiendo unos carros metálicos de ruedas ingobernables. Mis amigas, para quienes aquel lugar carecía de secretos, dirigían la aventura con decisión firme.


Yo había estado varias veces en este lugar, u otros parecidos, porque todos son iguales: escaleras mecánicas, tiendas, más tiendas, ofertas, cines, cantidades ingentes de comida o de cualquier otro producto, todo lo que puedas imaginar, lo más inverosímil, lo más innecesario o lo más inútil, pero donde te puedes dejar el sueldo del mes como más te apetezca sin necesidad de salir de allí. Yo, como ya he dicho, había ido pero, tonta de mí, a unas horas un tanto extrañas — víctima como había sido hasta hoy de la rusticidad — a unas horas en las que el león estaba inapetente y tenía las tripas vacías, horas en las que circulábamos cuatro infelices con cara de pardillo como yo con los carros apenas cargados.
A ciegas, dejándote llevar sólo por el olfato, sabes que entras por el acceso a los detergentes, las cajas se amontonan en un alarde de trapecismo. Nada más entrar fuimos abordadas por una criatura angelical en cuyo cuerpo se había impregnado aquel aroma, y que hizo unas piruetas a nuestro alrededor, deslizándose sobre patines y ofreciéndonos en una bandeja unos sobrecitos de muestras. La verdad es que la chica era muy mona y para no contrariarla cogí uno de ellos.
— Con todas las muestras que tengo — dijo Luisa — tengo para poner lavadoras durante dos semanas sin comprar un tambor de detergente.
Proseguimos nuestro periplo por pasillos de ida y vuelta haciendo intentos para no tropezarnos con los carros que venían de frente.
Al doblar una esquina, justo en la bifurcación de las calles, había un monumento al aceite de oliva virgen de 0,4º que estaba de oferta porque seguramente en Europa no se vendía bien. Mis amigas, haciendo gala de una destreza inimaginable a nuestra edad, se enzarzaron a mordiscos con una señora redonda que pretendía arrebatarles las diez botellas que ya tenían seleccionadas.
Yo me iba dando cuenta de que por debajo de mi aspecto de señora de clase media liberada y con sueldo propio, subyacía una educación austera. Me preguntaba qué iba yo a ahorrar si me llevaba semejante cargamento a casa. Cogí dos botellas cuando la ola humana que pretendía arrastrarme se ahogó en otro monumento semejante, esta vez dedicado al chorizo ibérico de pata negra, donde por supuesto estaban mis amigas.
De nuevo una señorita muy mona subida en unos patines de ruedas rojas vino hacia nosotras con una bandeja en la mano y nos ofreció una degustación de quesos de polímero holandeses con sabor a plastilina masticable. Estaban de oferta en la sección de charcutería en la semana de Holanda, nos dijo con acento empalagoso.
Las ruedas del carro chirriaron en el linóleo y de los pies de mis amigas las chispas saltaron por doquier. En un periquete atravesaron tres pasillos saturados de señores en bermudas, camisetas de tirantes, sandalias de colores chillones, varios de los cuales estaban entablando una conversación por el móvil con algún congénere, al tiempo que entorpecían el paso del resto de compulsivos compradores.
Merche, para cuando yo llegué empujando el carro, ya había adquirido la oferta del queso plastificado — diez quesos de diferentes tamaños y forma, con aparente textura — que después repartiría entre la familia. Cogí uno de aquellos quesos, el más llamativo, que tenía forma de molino, y leí la etiqueta "Fromage d'Hollande". Fabriqué en Calasparre". Ya no me interesé por el precio. Y además empecé a dudar que lo que yo sentía eran los prolegómenos de la felicidad. ¿Por qué, dónde estaba esa sensación etérea, cuándo se lograba?
Por los altavoces, una voz metálica anunció que en ese mismo instante, en la sección de lencería comenzaba la oferta de ropa interior a 9,99 euros.
Me vi asaltada, en sentido literal, por la multitud de carros, incluidos los de Merche y Luisa que surcaron el linóleo en pos de semejante oferta. Yo les seguí como Dios me dio a entender, mientras recapacitaba e intentaba recordar a quién de mi familia le hacía falta ropa interior. Quizás a la pequeña, me dije, como está creciendo, no estará de más que le compre ahora algo ya que está de oferta. Tardé tanto en repasar el ajuar casero, que cuando llegué ya no quedaba nada, excepto las tallas para hipopótamos. Bien, me consolé, iré a la tienda del barrio y quizás encuentre lo que necesito.
En ello estaba cuando regresaron Merche y Luisa radiantes de satisfacción. Al fijarme en el arrebol de sus rostros, sus peinados desarbolados como velas destroncadas por un huracán, y sobre todo por sus carros rebosantes de productos repetidos, se me cayó el alma a los pies. Miré mi carro y los suyos, alternativamente. El mío resultaba penoso, escuálido, como de pobre. Ellas me leyeron el pensamiento y me miraron. A continuación se miraron entre ellas para devolverme una mirada conjunta que transmitía compasión. Jamás iba a alcanzar la dicha si continuaba por este camino. Era incomprensible mi cabezonería, parecían querer decir.
Eran las tres del mediodía. Hacía dos horas que estábamos allí dentro y yo tan sólo había comprado el aceite, unos botes de tomate y un lote de papel higiénico de 36 rollos. No tenía ni siquiera apetito, sólo deseaba marcharme. Veía con claridad el futuro: nos íbamos a juntar con el turno de tarde, ese que empieza momentos después de acabar la película, y ese turno es más laborioso, si cabe, porque vienen descansados después de haber hecho la siesta y han comido pizza o macarrones y ya se sabe estos dos alimentos poseen una dosis extra de proteínas. Mientras pensaba todo esto y el terror me iba subiendo o bajando como una procesión de hormigas por el cuerpo, yo seguía a mis amigas por los pasillos que recorrían más deprisa que yo, cogiendo de ambos lados los productos en oferta.
Andaba tan abstraída que ni me fijé en que ellas iban llenando mi carro con lo que se les ocurría. Pasamos por la sección de carnicería, por la pescadería, por la frutería, y allí cogí dos pimientos rojos de plástico acharolado.
— Creo que ya está todo — dijo Luisa — ahora vamos a tomar un bocata.
Eran las cinco y estábamos a punto de alcanzar el éxtasis. Las colas alcanzaban el infinito del hiper, uniéndose entre ellas como las colas de un dragón.
A las siete alcanzamos finalmente el punto de caja donde una señorita recogía nuestros artículos y los pasaba por el lector de códigos. Las cintas de papel salían escupidas por el rabillo del ojo de las máquinas registradoras.
¡Ah! supe, vi, toqué, alcancé el gozo supremo, la felicidad gloriosa. Eran las siete y media. Mi estómago crujía como una madera carcomida, me habían regalado un móvil al comprar un jamón portugués, y la cajera me dio la nota.
De aquel estado de sublimidad sólo recuerdo un cielo blanco y un viaje astral. Y de él me quedan unas moraduras en las piernas y en los codos y la tranquilidad de que hoy salgo del hospital.


© Elèna Casero

16.7.08

Poeta de mendigos: Tom Waits

Estuvimos allí, en el concierto que Tom Waits ofreció ayer en Barcelona.
Poeta Waits.
Parafraseando a un crítico que admite la disolución de su papel en tales circunstancias: ¡vaya ceremonia! amigos, ¡qué descanso!
Con su música llenando los espacios de mi casa, -como siempre, pero hoy con la complicidad de una presencia que todavía percibo tibia- aprovecho la ocasión y este espacio literario para publicar una reseña del libro "Tom Waits, conversaciones, entrevistas y opiniones”.




Escrito por Carlo Giordano

En Italia, a los escritores políticamente incorrectos los llamamos i poeti maledetti. Tendría que sumergirme en los abismos de nuestra historia para encontrar el origen de esta tradición, pero el término se acredita desde lo pronunciamientos de Ferlinguetti y otros beatniks. Si la biología hubiese permitido a William Burrough y a Allen Ginsberg tener descendencia común, ese podría haber sido Tom Waits, o lo que es lo mismo, un poeta maledetto si bien al más puro estilo americano.
La lectura del libro “Tom Waits, conversaciones, entrevistas y opiniones” es poco más o menos como la cata de un vino italiano: se destapan sensaciones ostentosas con los primeros asaltos visuales y olfativos, en el paladar se presenta agridulce y termina mostrándose áspero en el regusto.
En esencia, nos presenta a Tom Waits como una heterogénea visión de él mismo, tan caótico como predecible, tan absurdo como convencional, contradictorio y fuertemente recomendable. Sus seguidores hemos respirado en su música los últimos humos del bebop que cegaron a los poetas beat junto con el blues, el rock, el punk o el folk. Su sonido es atemporal, abstracto y disonante. Sus letras insolubles. Cuidada es su imagen de despeinado baladista alimentado de bourbon, agarrado a un piano, con barba de dos días y guarecido por un sombrero de fieltro polvoriento.
Artista insondable, poeta de mendigos, heredero de hipsters. Bebe de la misma fuente que Wolfe, Faulkner o Steinbeck. Se siente como Whitman, como Ginsberg o como Mingus y aspira a ser un Bukowski (su novelista preferido junto a Borroughs) o un Louis Armstrong. Muchos lo definen como antihéroe, filósofo ingenuo, paranoico o charlatán de feria, pero en su currículo hay más de 20 álbumes, algunos premios y apariciones más o menos afortunadas en un puñado de películas. Recuerda cuando fue telonero de Zappa y de los Stones (Keith Richards ha participado en alguno de sus mejores discos), cata con orgullo sus canciones versionadas por Springteen, Rod Steward o Patti Smith, y asiente la idolatría de Beck y el ser autor de culto para los insatisfechos del pop.
En el libro, Tom Waits ofrece entrevistas y largas conversaciones con algunos de sus compañeros de carretera, como el director de cine Jim Jarmusch o el músico Elvis Costello. Los lleva por callejones estrechos a tugurios deprimentes, salones traseros, bares destartalados y hoteles baratos. Sus respuestas son alocadas y están llenas de frases sin sentido, eso es lo que se espera de él. Se interpreta a si mismo y a los chiflados y vagabundos que pasan por sus canciones. «¿Por qué aguantarlo? -dice uno de ellos-, porque puede mostrarte lo que ya sabes y hacer que creas nuevamente en ello.»
Tom Waits siempre anduvo alejado de la manada. Nada es sagrado para él, pero como la mayoría de la gente a la que encuentra en su camino, tiene un código ético. Desconfía de la tecnología (golpeará con un palo antes de encender un aparato) y su música no es el estereotipo para las radios de rock. Curiosamente, Bone Machine, el disco más difícil de entender, es el que recibió uno de sus dos premios Grammy. Entonces, la revista Rolling Stone resumió su carrera en una frase: «durante más de 20 años, Tom Waits ha sido el cronista de los grotescos perdedores del submundo sórdido». El otro Grammy lo ganó por Mule Variations, quizá su mejor trabajo, un álbum que resume su trayectoria por el mundo de la música, con blues fantásticos cargados de sabor rural, alusiones políticas, detalles autobiográficos y ruido organizado.
Lo que lo hace tan valioso, y continuamente atractivo para generaciones de oyentes que buscan algo no convencional es, aparte de su sentido del humor, su inquietud por obtener la belleza de la vulgaridad y la desesperación. En sus canciones teje las fantasiosas aventuras de vividores, borrachos, excéntricos y vagabundos que nunca andan lejos del amor o de la muerte. «Me gustan las melodías hermosas que cuentan cosas terribles», dice Tom Waits.
Se refugia en un lugar celosamente guardado de Sonoma Valley donde ensambla sus múltiples personalidades: padre de familia, narrador de historias, poeta de taberna. Como él explica, vive en su desorden bipolar. Tampoco pretende resolver el viejo dilema americano de deambular o echar raíces (“Todo lo que has amado es todo lo que posees”, dice), sólo procura encontrarse con sus chirriantes, desarregladas y polvorientas epifanías. Su mujer, Kathleen Breennan, por cierto, también es su productora y coautora.
En algún momento del libro alguien escribe que Tom Waits «sería el Springteen de EEUU, si EEUU fuera una tierra desahuciada y extraña llena de monstruos de circo». ¿Es que no es así?


Por cierto, tengo entradas para el concierto de Bruce Springsteen el domingo en Barcelona... Todo pillado al vuelo y al más puro estilo Waits. Generosa vida. ¡Salud!

30.6.08

El mono piensa

El mono piensa en ese tema


¿Por qué será tan atractivo -pensaba el Mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura- y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero escritor mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?

Augusto Monterroso

18.6.08

La rebeldía de leer (2)

Acabo de escuchar en la radio la pequeña anécdota de un niño: en lo que llevamos de año, seis meses escasos, ha leído entre ciento dieciséis y ciento veinte libros.
Sus preferencias están entre la ciencia ficción y los libros de magia. Evidentemente, ha leído toda la saga de Harry Potter.
Lee a todas horas, hasta el punto de que le han prohibido que lea durante el recreo.

Estas son una de las preguntas que le han hecho en antena:
— ¿Tus padre leen? -
Según el niño, lo hacen.
— ¿Cómo le entró la afición a la lectura?
Sus padres le leían en la cama, antes de dormir. Y, sin darse cuenta, se aficionó.
— ¿A qué se dedican tus padres?
El padre es ingeniero y la madre es pediatra.
— ¿Tienes hermanos?
Uno de siete años pero todavía no se ha aficionado a la lectura.
— ¿Ves la televisión?
Sí.
— ¿Juegas a la Wii?
Sí.
— ¿Cuándo juegas al fútbol?
Ha respondido que no juega. El fútbol no le interesa.
- ¿No te sabe mal no jugar con tus amigos por estar leyendo un libro?
Y, tan a gusto, ha dicho que no.
La criatura tiene 9 años.

Alguien que haya escuchado esta entrevista se habrá preguntado si existen tantos libros escritos en el mundo. Y, fácilmente, habrá deducido que sí porque los habrá visto amontonados cuando haya pasado cerca de la sección de libreria del Tajo Británico.

Me he quedado preocupada. ¿qué futuro le aguarda a esta criatura?

4.6.08

La rebeldía de leer

Con toda la intención o sin pretenderlo, reflexionamos a menudo sobre temas relacionados con la blogosfera. A mi modo de entender, la blogosfera es un animal doméstico sin domesticar al que no le vendría nada mal alguna acotación. Vemos, - y algunos sufrimos -, la acción perversa de usuarios que muestran conductas miserables derivadas del aburrimiento, de la envidia o de una soledad que no saben manejar.
Sin embargo, y a pesar de los defectos, la blogosfera se desenvuelve de maravilla en los territorios de la creación: canalizando ideas, permitiendo intercambios de contenidos y de emociones, convirtiendo los blogs en espacios de lectura que inducen a la reflexión y quizá también a la acción.

Alberto Manguel habló la otra noche en TV de su libro "Una historia de la lectura". Expuso varios argumentos a favor de la necesidad de convertirnos en buenos lectores. Según él, es posible ejercer una forma de rebeldía, incluso de poder, manteniendo una buena actitud de lector. En cierto modo, definiendo una toma de posiciones en el mundo.
También Alessandro Baricco dejó unas pistas en este sentido cuando leyó en Barcelona el pregón del Día del Libro. En su nuevo libro "Los bárbaros" denuncia la devastación de territorios propios de la cultura, y reclama a la clase intelectual que asuma sus responsabilidades y al público en general que recupere el espíritu de lectura. No se trata tanto de "convencer" de que se consuma más cultura, sino simplemente de transmitir la "pasión" que se siente por la lectura.

Por otro lado, desearía recordar ahora a Juan Gelman, en su brillante discurso de aceptación del Premio Cervantes aunando algunos de estos conceptos. Más claro no se puede hablar.

A cada uno le corresponde ubicarse, ver el mundo en que vivimos y tomar decisiones, leer/no leer, qué leer/qué no leer, como/cuando/donde/con quien... y esto incluye el mundillo de los blogs.

23.5.08

Comunicación

He entresacado dos fragmentos de la entrevista a Sidney Lumet porque me ha parecido interesante y también porque, en cierto modo, opino como él. Todas las cosas llevadas a un extremo son absurdas. Y el tema de la comunicación no es una excepción.

R. La gente se pasa 10 horas frente al ordenador y lo triste es que piensa que está comunicándose...
P. ¿Por eso no tiene ordenador?
R. No lo necesito. Escribo a mano. Y no quiero que me impongan el estar siempre disponible. Si me buscan pueden llamarme por teléfono y dejar un mensaje en el contestador. Y en cuanto a Internet, creo que me queda poco tiempo de vida y prefiero invertirlo en aprender más sobre las personas que sobre las cosas.


Entrevista a Sidney Lumet

No es la primera vez que leo o escucho opiniones de este estilo. Muchos escritores reconocen su tendencia a evitar someterse a estas "necesidades".

9.5.08

¿Quién va diciendo por ahí que el gerundio no es bello?

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"Cuando la respuesta es mucho más corta que la pregunta, es que la respuesta no está interesada en la pregunta, no más, al menos, de lo que lo estaba la pregunta en la respuesta".
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"Adjetivos y sustantivos forman a veces pegajosas alianzas: huellas imperecederas, voluntad inquebrantable, pertinaz sequía, sólidas creencias, profundas convicciones..."

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"Hay por lo menos tres lenguajes universales: el musical, el matemático y el genético".
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Jorge Wagensberg: "A más cómo, menos por qué - 747 reflexiones con la intención de comprender lo fundamental, lo natural y lo cultural"
Tusquets,2006
Col. Metatemas
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¿Hay ganas de reflexionar un poco? El título del post también es una reflexión de J. W.
No dejemos morir nuestro blog... al fin y al cabo, hasta ahora las palabras dijeron, pero quizá sea conveniente que continúen diciendo...
¿no?


28.4.08

DESCANSO PRIMAVERAL


Nos vamos a tomar un tiempo de descanso, de reflexión, un período conventual indefinido.
Seguiremos cada una en nuestra propia casa:

Arare http://elmeumar.blogspot.com/

Frac http://fracfrac.blogspot.com/

Y yo http://escriptorum54-adlibitum.blogspot.com/

Arare comenta en su blog sobre la tristeza. La tristeza que va y viene.
La primavera parece un momento propicio para ella.
La tristeza es un sentimiento pegajoso del que cuesta desprenderse.
Y yo me siento triste. Pero no tanto.
Pero las cosas son así. La tristeza va y viene, igual que la ilusión.
La ilusión es siempre más fuerte que la tristeza primaveral.
Confío en que la recuperemos (la alegría) y regresemos después de nuestro período reflexivo con nuevos bríos (será lo más seguro)

22.4.08

Nuestra idea de libro

(Este es un post Liter en el que participamos Arare, Frac y Escriptorum para celebrar el 23 de abril, día del libro)

Jorge Luis Borges:

"Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con lo mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres. Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible... "



"El libro de los libros", ilustración de Quint Buchholz


Texto de Elena Casero:

El manto frío de la luna mitigaba la calurosa noche. La mujer, largo rato insomne, abandonó la caverna, atraída por la luz mágica. El haz luminoso se fue estrechando a sus pies hasta convertirse en un fino hilo brillante. Ella lo observó sin saber qué hacer. Se sentía sobrecogida por su belleza álgida. La luz bailaba ante sus ojos, atrayéndola. Ella, a pesar del temor a lo sobrenatural, extendió su mano temblorosa hasta tocar el haz. Notó el frío, pero ya no sintió miedo. El hilo era consistente y se adaptaba a su mano. Al tocarlo, un pequeño fragmento se desprendió con suavidad dentro de su palma. Durante unos instantes la oscuridad cubrió la tierra hasta que la luna pareció despertar de nuevo y suavizó la penumbra. La mujer, con el regalo mágico en su mano, se adentró en la caverna y comenzó a dibujar extraños signos en las paredes. Signos que nada tenían que ver con los animales que los hombres pintaban. Durante muchos años dibujó estos símbolos en las piedras, en las pieles curtidas y en las cortezas de los árboles y enseñó al resto de las mujeres a descifrarlos. Las pieles curtidas y las cortezas de los árboles se convirtieron en papel y las mujeres continuaron con su labor de transmitir los signos a sus hijas y a sus nietas. Los signos fueron pronunciados y la fuerza de la voz los transformó en narraciones. El hilo mágico fue pasando de una generación a otra mientras crecían las historias escritas por las mujeres, iluminadas por el embrujo de la luna.

10.4.08

Decálogo para la supervivencia de la novela

El martes, 8 de abril (anteayer) leí un artículo en La Vanguardia que me hizo reflexionar además de encantarme. Se trata del artículo de Justo Barranco llamado “Verdú da un decálogo para la supervivencia de la novela”. Intenté acceder a él a través de L.V. digital, pero es de aquellos que si no pagas no puedes leer, así que evitaré copiarlo entero de mi Vanguardia de papel convenientemente comprada y pagada, porque me da pereza, pero intentaré comentarlo.

Empieza así: Adaptarse o morir. Dice que esta es la máxima que aplica Vicente Verdú a la novela, tantas veces enterrada, “porque no se puede seguir escribiendo como si no existiera el cine, la televisión, como no se puede pintar hoy como los prerrafaelitas”

Dice Barranco que según Verdú, muchos autores reproducen los modelos del XIX, cuando no había otro medio de conocer el mundo que a través del libro. Sigue diciendo que hoy la escritura ha de reclamar lo que sólo se puede decir escribiendo. Que su papel no es contar aventuras sino relatar el mundo interior, para lo cual, dice, se necesita precisión y belleza. Sigue diciendo Barranco que Verdú propone un decálogo de reglas para la supervivencia de la novela, nacido de su primera novela “No ficción”, publicada por Anagrama.


Dice que la novela debe mostrar resistencia al intento de convertirla en cine, porque eso es lo que se hace con las novelas del XIX que atendían a un mundo sin cine. Que la fantasía y la intriga son mundos estereotipados y están fuera de tiempo. Que en el texto tiene que haber un placer de principio a fin, que no valen estructuras prefabricadas, sino la belleza de la inmediatez. Que la novela contemporánea que no haya asumido la fragmentación – como la de los blogs- “se ahogará en su jactancia” y que el desarrollo del libro debería obedecer a una red de experiencias que planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Que debe haber una interacción con el lector y un cultivo del mundo interior, que la tercera persona, omniscente, ya no vale, que suena falsa y que hace falta humor porque sin ironía no hay contemporaneidad.


Por último, dice Barranco que dice Verdú (oichs…) que poner al día la literatura “es perder la sacralización de la idea de escritor y de novela”. Que hoy todo el mundo escribe (cierto) y el escritor es un productor como otro cualquiera.


Bueno, que me perdone el Sr. Barranco por haberle pisado el artículo, pero es que me interesaba mucho debatirlo. No lo he copiado al pie de la letra, como veréis los que lo habéis leído.


Me ha parecido genial, es por ello que lo he querido compartir y que me gustaría saber qué opináis al respecto.


Gracias, Sr. Verdú. Gracias, Sr. Barranco.

¿Y vosotros? ¿Qué pensáis?

25.3.08

John Ashbery

Estoy leyendo los poemas de John Ashbery en "Por dónde vagaré", Ed. Lumen, traducción de Daniel Aguirre.
Es una poesía abstracta, que J. Ashbery admite escribir como si "preparara una ensalada", y, en este sentido, me atrapa.
Pero por otro lado, me descubro a veces leyendo fuera del poema, algo desubicada; entonces, me uno a la opinión de quienes dicen de esta poesía que es hermosa aunque no se entienda...
...en realidad, ¿debería entenderse la poesía?
Transcribo el fragmento de una entrevista al poeta, y un poema en inglés, porque no encuentro la versión en castellano. Si alguien se atreve con la traducción...:

Pregunta. ¿Qué piensa cuando le dicen de un poema suyo: "Es hermoso, pero no lo entiendo"?

J. Ashbery. Si les parece que es hermoso, ¿qué más puedo pedir? Para mí es suficiente. Sinceramente, no entiendo eso de "entender" la poesía. Cuando afronto un poema por primera vez lo que cuenta es el sentimiento, el goce estético, si está bien hecho. Una sola lectura no me permite pronunciarme sobre la cuestión de lo que significa. Y siempre, al releerlo compruebo que todo está ahí, aunque no se manifestara en mi primer contacto gozoso con el texto.

P. Se ha dicho que una de las señas de identidad de su poesía es su habilidad para burlar las leyes de la sintaxis.

J.A.. No creo que sea cierto. Tal vez no sean lógicos, pero mis poemas son sintácticamente correctos.

P. ¿No son lógicos?

J.A.. No necesariamente. (Risas).

P. Sigue siendo muy prolífico. No parece que jamás cese de escribir y publicar.

J.A.. ¿No es eso lo que se supone que tienen que hacer los escritores? Aunque soy viejo, sigo al pie del cañón. La misión del poeta es escribir poesía.



What Is Poetry? , John Ashbery

The medieval town, with frieze
Of boy scouts from Nagoya? The snow

That came when we wanted it to snow?
Beautiful images? Trying to avoid

Ideas, as in this poem? But we
Go back to them as to a wife, leaving

The mistress we desire? Now they
Will have to believe it

As we believed it. In school
All the thought got combed out:

What was left was like a field.
Shut your eyes, and you can feel it for miles around.

Now open them on a thin vertical path.
It might give us--what?--some flowers soon?

11.3.08

¿Un poco de chocolate?

Me encanta el chocolate. Pero el chocolate negro negro, casi cacao puro. A lo largo de los años los que me conocen me han ido regalando cosas que tienen que ver con el chocolate, a saber: bombones normales, bombones de licor, bombones extra grandes (king size), barritas de chocolates diversos y exóticos, etc. Dicen que el chocolate es un sustituto del amor. Estoy escribiendo esto y creo recordar que en este mismo blog una de mis compañeras escribió algo acerca del chocolate.

Hace unos años llegaron a mis manos, a través de regalos diferentes, productos que nada tenían que ver con el chocolate que se come. Me explico. Tenían que ver, pero no me los podía comer. Hablo de dos libros y dos películas. Uno de los libros, junto con la película fue "Como agua para chocolate", de Laura Esquivel.

La otra película fue Chocolat, deliciosa, con Johnny Deep y Juliette Binoche, basada en la novela de Joanne Harris (que no he leído).

Ambas películas me parecieron formidables y disfruté enormemente con el libro de Esquivel. Pero el otro libro que os quería comentar, que nada tiene que ver con películas o novelas, no es otro que "El librito del amante del chocolate", de Jennie Reekie. Contiene una cantidad de información que, según la autora, es toda la que necesita un buen amante del chocolate. A mi me parece que no hay para tanto, pero claro, ¿qué va a decir la autora? sin embargo, de las casi veinte recetas que contiene, diría que se salvan todas. Y para que así conste, os dejaré una. Un clásico.
¡Que aproveche!

Brownies
El secreto de un buen brownie es que ha de estar siempre húmedo, por lo que hay que llevar cuidado de no asarlo demasiado. La mayoría de los americanos aseguran que no se puede hacer con otra cosa que no sea chocolate de Baker, pero esta versión, utilizando cacao en polvo, da unos excelentes resultados.


* 2 huevos
* 225 gr. de azúcar
*50 gr. de mantequilla derretida
*1/2 cucharadita pequeña de polvo elevador (en casa utilizamos levadura royal)
* una pizca de sal
*50 gr. de nueces, toscamente troceadas (nosotros utilizamos nueces que vengan ya troceadas, son más cómodas)


Embadurne bien de mantequilla un molde de tarta cuadrado de 20 cm. Bata juntos los huevos y el azúcar hasta que la mezcla esté espesa y cremosa. Añada la mantequilla y la esencia de vainilla y vuelva a batir. Tamice sobre la mezcla la harina, el cacao, el polvo elevador y la sal, y mézclelo todo bien junto con las nueces. Viértalo en el molde preparado y póngalo en el horno a 190º C (nº 5 en la cocina de gas) durante 30 minutos. Déjelo en el molde, una vez sacado del horno, durante 10 minutos; después corte los Brownies en cuadrados y retírelos mientras están todavía calientes.
(pag. 54)
Jennie Reekie: El librito del amante del chocolate
José J. de Olañeta, Editor
Barcelona, 1987

3.3.08

Acentos sí, acentos no.


Hace unos meses, la editorial donde he publicado las dos novelas me envió una carta (con sello de esos que llevan efigie y colores, no un e-mail) en la que me pedía un relato corto para incluirlo en una antología de los escritores que han publicado con ellos y así conmemorar el número 100 de libros editados.
Yo envié uno, el que he titulado como "Jubilación anticipada".
Días atrás me enviaron las galeradas con las correcciones hechas en la editorial.
Como bien me dijeron, siguiendo las nuevas normas de la RAE han quitado todos los acentos de los pronombres demostrativos y, por supuesto, también del adverbio solo.
Se han acabado los problemas de anfibología. Y, en cierto modo, el entretenimiento o diversión de pensar si está bien escrito o no.
Un paso más para adaptar el lenguaje escrito al hablado, cuando cada vez se habla peor y se escribe más aún, ¿aun?, bueno, todavía.
Por el momento, en el lenguaje escrito nos estamos comiendo los signos de interrogación y admiración al principio de la frase. Si leemos algunos de nuestros textos, las respuestas a los posts, entradas diversas y demás escritos de muchos de los que escribimos con asiduidad en este medio, nos daremos cuenta de este hecho.
¿Es esto influencia del inglés?
¿Es comodidad?
¿Es el todo vale?
Los que tenemos por primera lengua, o compartida, el catalán o el valenciano, en mi caso, sabemos que no utilizamos el signo de admiración ni la interrogación al principio de una frase. ¿Será que, con nuestra nefasta influencia, estamos estropeando el castellano?
Ironías aparte, lo que creo es que con la excusa de adaptar lo escrito a lo hablado, aunque la ortografía parece que no sirva de nada, cada vez hacemos las cosas más insulsas, más descafeinadas, a ver si los chicos leen más, a ver si no nos tenemos que devanar los sesos descifrando incomprensibles lecturas, a ver … a ver ….
A mí me gustan los acentos y las comas y los puntos y las haches intercaladas como a otros les gustan los logaritmos, los algorritmos y la física cuántica. ¡qué le vamos a hacer!

Y, si tenéis ganas de seguir leyendo:
AQUI Una entrevista con Vila-Matas

15.2.08

Camino de ida y vuelta

A vueltas con la ficción,
La escritura es una opción personal, la lectura también. Y en ambos ejercicios afloran verdades.
Cuando leo ficción busco sumergirme en el relato. Conocer el camino de quien transitó, antes que yo, los espacios imaginarios que ha decidido mostrar. No pretendo con ello descubrir verdades ocultas del autor, a pesar de que están allí, sin duda. Suponiendo que yo, como lectora, andara buscando verdades ocultas, posiblemente se trataría de las mías. Y esas son las que hallaría. No es raro el caso de estar leyendo y de repente saltarme las lágrimas, o sentir vértigo si las palabras me engullen, o sonreír si me liberan.
Asimismo, sucede algo parecido cuando escribo. Un día me percaté de que la protagonista del relato odiaba la música de Schubert. Era raro, porque se trataba de un relato autobiográfico, y yo amo la música de Schubert. Acepté esa animadversión y el texto creció. Creo que también yo crecí ese día. En otra ocasión, mientras escribía un cuento, no pude soportar la muerte de un personaje cuyo nombre me recordaba alguien a quien quiero profundamente. Decidí cambiar ese punto y contemplé las dos opciones más factibles: otro nombre o salvarle la vida al personaje. En ambas, el cuento se desvanecía, incluso perdía el sentido. Tan potente es un nombre a veces. Tan decisiva una muerte.
En el proceso de escritura constantemente se dan pequeños encuentros definitivos: los ojos de Phil son azules; vive en una isla, solo; resulta que Nacho es adoptado; el policia lleva un piercing en la ceja; he visto con claridad que la mujer es prostituta, lloraba y le caían negros lagrimones de rimel... La convivencia con un texto tiene estas singularidades porque es un proceso activo. Vivo.
Escribir significa ordenar, explicarse a uno mismo y en la medida de lo posible lo sucedido. Lo extrañamente ocurrido en momentos y situaciones que quiebran la linealidad. Todo cabe en un proceso creativo. Lo azaroso, trágico, insignificante, terrible, prodigioso, increíble y cómico de la vida. Sobretodo lo cómico. He convivido cinco años con un relato de cierta dureza, en el que la ironía no ha tenido un lugar. Ahora sé que no se puede tratar un tema sin reservar un espacio para el humor. Por más que el tema sea serio.
Leí un artículo que ponía de relevancia la cantidad enorme y exagerada de relatos personales que reciben las editoriales. Procesos de enfermedad, divorcio, guerras... etc, experiencias de todo tipo, a cualquier nivel narrativo y emocional. La mayoría, escritos por personas que normalmente no escriben, y posiblemente no escribirán en el futuro, pero que necesitan contar su vivencia. Para ayudarse a sí mismos. Para ayudar a quien como ellos alguna vez se vean inmiscuidos en una situación similar a la descrita. La mayoría de estos textos son desestimados por las editoriales.
Sin embargo, hoy se aprecia un significativo auge de relatos en primera persona que hacen referencia al autor, y en especial, a autores que son escritores. Son las autoficciones. En ellas el protagonista es perfectamente reconocible y fácilmente identificable con el autor, auque responda a otro nombre o profesión, y cambien ciertos detalles de su vida.
De alguna forma, esto parece indicar que sí interesan las historias personales, pero que la cuestión del estilo no es del todo prescindible.
Enlazo un artículo que me pasó Escriptorum, "No corta el mar sino vuela", que complementa la noción de autoficción.
También enlazo la revista virtual Narrativas, que en el número de Enero-Marzo 2008 publica una serie de artículos relacionados con la obra y pensamiento del escritor catalán Enrique Vila-Matas. En ellos se aborda, entre otros, el tema de la ficción y la realidad. Algunos de estos artículos vienen firmados por blogueadores conocidos en la red, como Blanca Vázquez - El gusanillo de los libros, Miguel Sanfeliu - Cierta Distancia, Magda Díaz - Apostillas Literarias co-editora de la revista. Destaco el artículo titulado "Un catálogo de ausentes" del propio Vila-Matas.
Es mucha lectura la que enlazo hoy para un tema siempre interesante. Más todavía cuando nos movemos en un medio tan real como ficticio llamado blogosfera.

9.2.08

¿Compartimos el mar?

Hace un par de semanas se me ocurrió salir a hacer fotos de estos paisajes, que tengo a mi alrededor. Un paseo dio para mucho. Algunas veces salgo con un libro en la mano, me siento en la arena y, con el mar como música de fondo, leo. Normalmente, poesía. Otras veces escribo, pero la mayoría de las veces, sólo contemplo, pienso y respiro. Es toda una terapia.

¿Queréis compartir este bello paisaje?

1.2.08

Avanzando

AVANZANDO
A veces pienso que soy una arquitecta del tiempo,
siento que voy dibujando planos con pasados,
presentes y futuros,
urdiendo una delicada caja de palitos de fósforos
donde vivo
- incomprensiblemente sin pensar en tormentas-
Aunque a ratos me asalten las dudas, brinco
como caballo de carreras
sobre su bien construidas estructuras y sigo, sigo
hacia ese final donde
me espera el bosque verde, la iluminación y el sueño
callado donde nada
me acompañará sino la tierra con su murmullo de
vientre.

29.1.08

Alumbramientos

Van naciendo criaturas largamente esperadas:

· Martí ha convertido a Montse-Arare en abuela.
· Elena-Escriptorum ha terminado su tercera novela.

Y aunque la vida continúa con sus ritmos frenéticos, hoy nos apetece cambiar la dimensión de este espacio virtual que ni se sabe qué pretende y a veces os cuenta cosas de nuestras vidas: silenciamos las palabras y compartimos con vosotros la emoción de estas alegrías.

Saludos y abrazos!

21.1.08

Detalles o matices

Le tengo una relativa manía al detalle, algo que compruebo en las más variadas situaciones cotidianas. En la escritura, parece que también.
Una definición de detalle sería: circunstancia que aclara o completa un relato.
Y una definición de matiz: rasgo que da un carácter especial a algo.

¿La influencia del detalle es definitiva en un texto?
¿La del matiz no?
¿Dado que un detalle puede completar o aclarar un relato, podemos pensar igualmente que puede arruinarlo?
¿Es arriesgado deducir que el detalle a veces miente?


Fragmento de Océano Mar, de Alessandro Baricco.

El hombre ni siquiera se da la vuelta. Sigue mirando fijamente el mar. Silencio. De vez en cuando moja el pincel en una taza de cobre y esboza sobre la tela unos cuantos trazos ligeros. Las cerdas del pincel dejan tras de sí la sombra de una palidísima oscuridad que el viento seca inmediatamente haciendo aflorar el blanco anterior. Agua. En la taza de cobre no hay más que agua. Y en la tela, nada. Nada que se pueda ver.
Sopla como siempre el viento del norte y la mujer se ciñe su chal violeta.
-Plasson, hace días y días que trabajáis aquí abajo. ¿Para que os traéis todos esos colores si no tenéis valor para usarlos?
Eso parece despertarlo. Eso le ha afectado. Se vuelve para observar el rostro de la mujer. Y cuando habla no es para responder.
-Os lo ruego, no os mováis- dice.
Después acerca el pincel al rostro de la mujer, vacila un instante, lo apoya sobre sus labios y lentamente hace que se deslice de un extremo al otro de la boca. Las cerdas se tiñen de rojo carmín. Él las mira, las sumerge levemente en el agua y levanta de nuevo la mirada hacia el mar. Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar "agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar", y es un pensamiento que provoca escalofríos.

11.1.08

El coleccionista de sonidos - Fernando Trías de Bes


Coleccionar sonidos, como es el caso del protagonista de esta novela, Ludwig Schmitt , debe de ser harto complicado.
Ludwig no sólo posee oído absoluto, es decir, puede reconocer sin ninguna duda cualquier nota que suene o a un sonido otorgarle la nota correspondiente. Ludwig, además, disecciona los sonidos en su cuerpo, convirtiéndolos en los fragmentos que conforman el todo.
Desde bien pequeño se cree que tiene una maldición porque no llora nunca. Durante muchos meses mantiene los ojos cerrados. En su interior Ludwig está absorbiendo los sonidos distintos que llegan a sus oídos: los está coleccionando.
Su padre, un afamado pintor, le teme porque cree que está maldito. Hasta el mismo final de la novela no sabremos por qué. No se desvelará ese misterio que el mismo protagonista nos dirá.
La historia de Ludwig nos llega a través de un fraile. Éste, que vive en un convento de Alemania, suele bajar a la librería del pueblo a comprar y alquilar libros. En ausencia del dueño, el empleado le ofrece la lectura de un libro escrito por una soprano, un libro con una fuerte carga erótica.
El fraile se lo lleva y en su celda comienzan a suceder cosas extrañas. El libro parece tomar vida propia, buscando algo que parece ser que se encuentra en la celda.
El fraile encuentra un diario escondido entre las piedras de la pared. El libro está escrito por el anterior fraile que ocupó la celda, y es la confesión antes de morir de Ludwig Schmitt y la historia de su maldición.
Por él sabemos que aún habiendo coleccionado todos los sonidos de la tierra y del cielo, había uno, uno solo que se le resistía, un sonido que desconocía de donde podría proceder.
El padre de Ludwig lo lleva a estudiar a un internado donde enseñan a cantar, ya que Ludwig poseía una voz privilegiada. Gracias a su oído absoluto era capaz de aprenderse las partituras con apenas una lectura.
En este internado conocerá cuál es el sonido que le falta. Al dejar el internado comenzará su pesadilla. Ya posee en su cuerpo y en su voz todos los sonidos del mundo. Absolutamente todos, pero precisamente por eso vivirá esclavo de ellos.
Con su voz, que modula a su antojo, enamora a todas las mujeres. Todas caen rendidas ante él por medio de sus canciones pero mueren cuando él las posee. Cuando descubre cuál es la maldición que le aqueja intenta retenerse pero no lo logra. Por donde pasa deja mujeres muertas, sin signos de violencia, sin nada que pueda acusarle. Todas las muertes se producen de manera natural: al hacer el amor.
La novela está inspirada en la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. La poción amorosa que envuelve a ambos protagonistas de la ópera se refleja en la historia de Ludwig Schmitt y de la cantante que escribe el diario cuya lectura tanto afecta al fraile.

La historia de una maldición transmitida durante generaciones y hasta el final de la novela no se entenderá por qué.

En un principio, cuando comencé a leerla creí ver connotaciones con El perfume. Incluso si me apuráis en el libro Ella, Drácula de Javier García Sánchez.
Después el libro empieza a tomar su propio rumbo y te acaba atrapando. El lenguaje es muy expresivo y, desde el punto de vista de un músico, resulta emocionante leer fragmentos en los que la música es la dueña del lenguaje. La explicación del modo de componer de Wagner, lo que significó en el futuro.

Tristán e Isolda
Reconocida como una de las obras cumbres del repertorio operístico, Tristán destaca por el avanzado uso del cromatismo, la tonalidad y la armonía.
El primer
acorde de la ópera, llamado el acorde de Tristán, se considera de gran importancia en el desarrollo de la armonía tonal tradicional. Esta ópera ha tenido una influencia muy importante en los compositores occidentales, con Gustav Mahler, Richard Strauss, Alban Berg y Arnold Schoenberg, entre otros, claramente inspirados por ella. Muchos ven en Tristán el comienzo del fin de la armonía convencional y la tonalidad, y el arranque del movimiento atonal característico del siglo XX

Dejando a un lado este inciso, la novela está bien escrita, engancha a pesar de que le encontremos referencias hacia otras novelas que ya conocemos. De hecho, yo no la pude dejar desde la mitad y la terminé de leer en el coche en un viaje a Barcelona.

El autor.
Fernando Trias de Bes es un escritor y experto en marketing de origen español. Nació en 1967 en Barcelona y cuenta con una licenciatura y un MBA por ESADE. Es director de la consultoría de investigación e innovación Salvetti & Llombart y director de seminarios para altos directivos en el programa Executive Education de ESADE.
Se trata del único autor español de libros empresariales que ha publicado un título original junto a
Philip Kotler: "Marketing lateral".
Escribe tanto ensayos de empresa e innovación como libros de ficción. Entre sus ensayos se encuentra, además del mencionado "Marketing Lateral" (2003), "La buena suerte" en co-autoría con Álex Rovira Celma (
Empresa Activa, 2004) con unos tres millones de copias vendidas o "El vendedor de tiempo" (Empresa Activa, 2005), que fue llevada al teatro. Su última obra, "El libro negro del emprendedor" (Empresa Activa, 2007), estudia los principales factores de fracaso de los emprendedores.
En ficción ha publicado: "Relatos absurdos" (Urano, 2006) y las novelas "Palabras bajo el mar" (Alfaguara, 2006) y "El coleccionista de sonidos" (Alfaguara, 2007). Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas y es colaborador habitual de
El País Semanal.
Su página web personal es
www.triasdebes.net

7.1.08

¿Qué novela?


Te levantas, tomas un café bien cargado mientras miras el mar - hoy está tranquilo- y te dices que esta vez va en serio, que vas a escribir un par de horas seguidas sin interrupciones. Te autoconvences de ello y te sientas ante el ordenador.

Abres el documento donde guardas lo que andas escribiendo desde hace ¡años! relees el último párrafo y piensas "esto no debe ser así". Relees el penúltimo y descubres que las horas que pasaste la última vez que escribiste antes de las fiestas no sirvieron de mucho porque ahora que te das cuenta, resulta que te contradices en un par de frases. Vuelves a leer el antepenúltimo: esto no marcha.

"¿A ver? ¿y si en lugar de escribir aquí este verbo lo cambio por este otro? ¿Es el adecuado el tiempo de este verbo? ¿Un adjetivo de más no va a ser gratuito? Rehagamos toda la frase. Ahoooooora. Ahora si. "

Vuelves a leer y tampoco. Miras el reloj: han pasado tres cuartos de hora y todavía no has escrito nada, sólo has cambiado verbos, estrujado ideas, arrancado adjetivos, contrastado nombres, leído cinco veces... vamos mal.

Necesitas otro café. El mar está algo más agitado, seguramente ha entrado algo de viento. Él ha despertado ya y ha conectado la radio mientras se ducha. El silencio ya no te acompaña. No del todo. Vuelves a sentarte ante el ordenador.

- Cariño, ¿dónde está "la camisa"?

- ¿Qué camisa? Tienes un montón de camisas

- Aquella que...

- Voy.

Una vez localizada "la camisa", vuelves al ordenador. Otro café sería demasiado. Él acaba de vestirse y se dirige a la cocina. Prepara su desayuno.

- ¿Te apetece un café?

- Gracias, ya llevo dos, si acaso me untas una tostadita con mantequilla y mermelada, ¿vale?

Él ha terminado de desayunar, tú ya te has zampado dos desayunos completos y un café extra. El mar se agita por momentos, las veces que levantas la vista de la pantalla para fijarla en las olas empiezan a ser demasiadas veces. Los nombres se te rebelan, los adjetivos te parecen demasiado ñoños o demasiado duros, los tiempos verbales bailan un zapateado en tu cabeza, ni siquiera recuerdas las preposiciones y los adverbios te cantan una nana.

Suena el teléfono. Tu mamá te necesita (una vez más). Te levantas, te pones el abrigo, tomas las llaves del coche, sueltas un par de improperios, sales y vas a ver qué es lo que quiere esta vez. Mientras caminas, aparcado ya el coche, hacia la casa de tu mamá, te sale al encuentro aquella amiga a quien hace días que no ves.

- ¿Qué tal, como van las cosas ahora que ya no trabajas?

"¿Que no trabajo? pero esa qué se habrá creído? la gente piensa que si todo lo que haces no es remunerado no es trabajo, hay que ver qué gracia tiene el asunto"

- Voy tirando - respondes, la voz pegada al cuello del abrigo por si acaso.

- Bueno, ¿y qué? ¿Cuando publican tu novela?

"La madre que la parió"

- ¿Eing? ¿Novela? ¿Qué novela?

Tu amiga te mira con condescendencia.

- Chica, no te entiendo, de verdad. Hace un montón de tiempo que estás con la novela y de momento, ¡nada de nada!

Menos mal que llevas guantes, de lo contrario las uñas se te habrían clavado en las palmas, de lo fuerte que has apretado los puños, más que nada, por no arañarla.

- Pues eso, querida: ¡nada de nada! - saludas y sigues hacia el piso de tu mamá, no vaya a ser que la encuentres subida a la lámpara.

"A lo mejor es que eso de escribir no está hecho para mi"...te dices, intentando perdonarte la vida una vez más.

Imagen sacada de: http://60.img.v4.skyrock.com/600/toineee/pics/750480642.jpg