¿De qué va esto? Ni se sabe, las palabras dirán...

28.6.07

Amos Oz

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El niño que quería ser Libro...
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(reeditamos un post dedicado a Amos Oz, hoy Príncipe de Asturias de las Letras - 2007)
¿Alguien soñó alguna vez que quería ser libro? Y vivir frente al mar, en la Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, en compañía de seres afines, vivir en paz, en armonía y...
Y bueno, soñar no cuesta nada ¿no es cierto?

De pequeño Amos Oz no deseaba ser escritor. Deseaba ser libro. Porque era allí donde confluían el saber y el ser. Conocimiento y materia. Era allí donde él podía existir fisica e intelectualmente al mismo tiempo.
Casi no podía ser de otro modo; su abuela Shlomit inauguró el primer salón literario hebreo que hubo en Odesa. Su tío Yosef le enseñó el placer de inventar palabras nuevas. Su padre hablaba en siete idiomas y podía leer en discisiete; era un erudito de la filología y un gran amante de los libros. Su madre hablaba cinco idiomas y además era una excelente contadora de historias. Ella le inculcó amor por la literatura. Para esta familia originaria del norte de Europa los libros eran algo más que un simple objetos; eran objetos con identidad propia, con olor, con tacto.

Un concepto siempre presente en la narrativa de este escritor israelita nacido en Ucrania es la frontera. Las fronteras geográficas. La frontera en las familias. La frontera como límite de la memoria. La frontera del amor. La frontera del dolor. Las fronteras de las ideologías. La frontera del fanatismo.

"La única manera de defenderte contra el gen fanático es tener sentido del humor, porque el humor, el relativismo, es un antídoto: la habilidad para poder ver las dos caras de un problema, de una disputa. Y leer buena literatura. Porque en la buena literatura siempre descubres que no todo es blanco o negro"

Yo he leído "De repente, en lo profundo del bosque", un exquisito relato poético. ¿Alguien ha leído alguno de sus libros? ¿"El mismo mar"? ¿"Historia de amor y oscuridad"? ¿"Una paz perfecta"?

22.6.07

José Antonio Abreu

No solemos en esta página acelerarnos con los comentarios pero, hoy, bañada como estoy en emociones, me voy a saltar esta tácita regla de Liters.

pinchar aquí para leer.

José Antonio Abreu, director de orquesta, nacido en Venezuela, como podéis leer en el artículo de El cultural, es una de esas personas excepcionales que, como toda excepción confirma la regla.
Su labor musical y humana para sacar de la violencia y la marginalidad a chicos y chicas y encauzarlos hacia la música, está logrando que muchos de ellos en lugar de utilizar pistolas, usen un violonchelo, un violín o una trompeta.
Nos olvidamos, en favor de los estudios técnicos, contra los que no tengo nada en contra, que a los jóvenes hay que educarles también en sensibilidad, en cultura y en humanidades.
La música educa tres sentidos corporales al mismo tiempo: vista, tacto y oído. Si, además, has de tocar junto con otros músicos, como suele ser casi siempre, educa la comprensión, la convivencia. Esas materias tan olvidadas por nuestros gobernantes que se empeñan en reducir la enseñanza de las humanidades, en especial, de la música hasta límites insospechados.
La cultura nos hace libres, quizás ese es el temor.
José Antonio Abreu tiene tan gran valor humano como lo puede tener Daniel Baremboim y Edward Said, creadores de la Orquesta East-West Divan que aglutina entre sus músicos a palestinos e israelíes. Una lucha en favor de la convivencia utilizando la música como cauce, como excusa.

Normalmente me siento muy orgullosa de ser músico, de haber descubierto el sentido de interpretar. Dudo que haya alguien a quien la música no le haga emocionarse. La música del tipo que sea. La música sin etiquetas.
Cuando encuentras personas como éstas me emociona pertenecer a ese mundo.
Y satisfecha de haber encauzado a mis hijas hacia él.

20.6.07

Recuerdos peregrinos

Nuestra vida comunal, allá en mi lejana adolescencia, estaba controlada por dos pares de ojos que nos observaban constantemente. Subieras o bajaras las escaleras, ya fuera de día o de noche, día de colegio o fin de semana. Tampoco importaba que fueras niño o mayor. Los ojos siempre estaban allí.
Cuando bajabas, al pasar por el rellano, percibías la mirada clavada en tus espaldas y el sonido, ligeramente desafinado, de la mirilla cuando se abría. La mirilla era redonda. De color dorado añejo. Para abrirla o cerrarla bastaba con hacer girar el disco interior. Entonces las pestañas se abrían, como el párpado del ojo que miraba, y dejaban ver el exterior.
El par de ojos, que podía ser de cualquiera de las dos mujeres que vivían en la casa, te estudiaba con detenimiento en ese pequeño lapso que duraba bajar nueve escalones y un rellano.
Ambas mujeres estaban atentas a cualquier cosa que sucediera en la escalera, en una comunidad con pocos y antiguos vecinos. Un par de ojos en la mirilla y el otro par en una de las habitaciones que daban a la calle, escondidos tras las cortinas a la espera de rematar la faena.
Si mirabas de reojo desde la esquina de enfrente, podías observar cómo el visillo se desplazaba disimuladamente hacia un lado y, desde un pliegue, el par de ojos se clavaba en tu cuerpo y te desmenuzaba con la mirada. Si tú les devolvías la tuya, el pliegue del visillo caía con celeridad durante unos minutos, hasta que una de las esquinas volvía a levantarse para observar.
Si las encontrabas cuando iban a misa, velo a la cabeza y misal en mano, ambas agachaban la vista con decoro, saludaban y corrían hacia la iglesia con el cuerpo pegado a las paredes, mimetizadas con el color opaco de su vida.
Siempre que subo o bajo, aunque sé que nadie vive en ese piso, que las dos mujeres fallecieron hace años, observo la mirilla por si se abre y subo las escaleras de dos en dos para que nadie me vea y si llego desde la esquina de enfrente, miro hacia el balcón, aunque ya no tenga visillos.

13.6.07

El silencio como sigilo y cautela
Y el cuerpo
Silencio y cuerpo, y entre ambos solo prevención
Y prudencia
Y tiento

El silencio como ausencia, el silencio como presencia
El que no existe, el que delimita
El que precede todo, el que culmina todo

La luz blanca contiene todos los colores
El silencio contiene todos los sonidos

Silencio son mis lágrimas
Guardan los ecos de un quirófano
Guardan también un grito
Y por supuesto angustia

El silencio existe en la mirada
En la puerta entreabierta
En el árbol perpetuo que sobrevivió a Hiroshima
Es el gingko biloba, eternidad silente

El silencio es el mar cuando no ruge cuando no musita
Siempre, silencio amortiguado y palabras obvias
Es el mar

El silencio está en el universo extenso y lejano
En el numero cero y en la nada
Y en la infinitud, presencia inevitable, huella registrada

Silencio es el arte
La batuta del director de orquesta
El río y una sonrisa
El absurdo, la miseria, la hambruna y la vejación
La enfermedad

Cuando un pájaro deja de cantar o un niño duerme
O cuando un accidente profana la paz en unas milésimas de segundo
Ahí está también el silencio

5.6.07

Homosexualidad, suicidio y Chaikowsky

La música, igual que la literatura, nos ha dejado personajes atormentados.
Personajes de ficción y reales. Escritores malditos y extravagantes. Músicos depresivos, alocados o irresponsables.
Uno de estos personajes atormentados fue Piotr Ilich Chaikowsky, conocido también como el Niño de Cristal. Gran compositor, niño prodigio que a los cuatro años comenzó los estudios de piano y comentaba que tenía la cabeza llena de música.
Desde la infancia fue carácter y naturaleza frágil, probablemente por su condición de homosexual que parece ser que nunca llegó a aceptar con naturalidad. Incluso se casó con una fanática Antonina Miliukova que había estado escribiéndole encendidas cartas de amor con el fin de superar su tendencia homosexual. El matrimonio jamás llegó a consumarse.
Su música es universal, muy conocidas la mayoría de sus obras, especialmente los ballets. Otras lo son menos pero no por ello menos bellas.
Hasta no hace mucho tiempo se ha considerado que Chaikowky murió de cólera, a raíz de una epidemia que asoló Rusia. Ello fue debido a beber un vaso de agua no hervida a los tres días de estrenar la última de sus sinfonías.
Sin embargo, parece ser que existen otras dos versiones: una, que su muerte sigue siendo todavía un misterio. Y dos, que el compositor se suicidó con arsénico. La causa fue la denuncia de un aristócrata porque el compositor había tenido relaciones homosexuales con su sobrino. La denuncia estaba dirigida al zar, aunque no llegó, porque primero pasó por las manos de un importante senador que había estudiado con Chaikowky en la Escuela de Jurisprudencia.
El senador mandó formar una corte para juzgarlo y salvar el honor de la escuela por la que, sin ninguna duda, había pasado más de un homosexual disfrazado ahora de hombre honorable. La corte lo juzgó y sentenció: Chaikowsky debía suicidarse.
Parece ser que así lo hizo, siendo su última obra compuesta la Sinfonía nº 6, a la que su hermano bautizó como Patética.