Nuestra vida comunal, allá en mi lejana adolescencia, estaba controlada por dos pares de ojos que nos observaban constantemente. Subieras o bajaras las escaleras, ya fuera de día o de noche, día de colegio o fin de semana. Tampoco importaba que fueras niño o mayor. Los ojos siempre estaban allí.
Cuando bajabas, al pasar por el rellano, percibías la mirada clavada en tus espaldas y el sonido, ligeramente desafinado, de la mirilla cuando se abría. La mirilla era redonda. De color dorado añejo. Para abrirla o cerrarla bastaba con hacer girar el disco interior. Entonces las pestañas se abrían, como el párpado del ojo que miraba, y dejaban ver el exterior.
Cuando bajabas, al pasar por el rellano, percibías la mirada clavada en tus espaldas y el sonido, ligeramente desafinado, de la mirilla cuando se abría. La mirilla era redonda. De color dorado añejo. Para abrirla o cerrarla bastaba con hacer girar el disco interior. Entonces las pestañas se abrían, como el párpado del ojo que miraba, y dejaban ver el exterior.
El par de ojos, que podía ser de cualquiera de las dos mujeres que vivían en la casa, te estudiaba con detenimiento en ese pequeño lapso que duraba bajar nueve escalones y un rellano.
Ambas mujeres estaban atentas a cualquier cosa que sucediera en la escalera, en una comunidad con pocos y antiguos vecinos. Un par de ojos en la mirilla y el otro par en una de las habitaciones que daban a la calle, escondidos tras las cortinas a la espera de rematar la faena.
Si mirabas de reojo desde la esquina de enfrente, podías observar cómo el visillo se desplazaba disimuladamente hacia un lado y, desde un pliegue, el par de ojos se clavaba en tu cuerpo y te desmenuzaba con la mirada. Si tú les devolvías la tuya, el pliegue del visillo caía con celeridad durante unos minutos, hasta que una de las esquinas volvía a levantarse para observar.
Si las encontrabas cuando iban a misa, velo a la cabeza y misal en mano, ambas agachaban la vista con decoro, saludaban y corrían hacia la iglesia con el cuerpo pegado a las paredes, mimetizadas con el color opaco de su vida.
Siempre que subo o bajo, aunque sé que nadie vive en ese piso, que las dos mujeres fallecieron hace años, observo la mirilla por si se abre y subo las escaleras de dos en dos para que nadie me vea y si llego desde la esquina de enfrente, miro hacia el balcón, aunque ya no tenga visillos.
Ambas mujeres estaban atentas a cualquier cosa que sucediera en la escalera, en una comunidad con pocos y antiguos vecinos. Un par de ojos en la mirilla y el otro par en una de las habitaciones que daban a la calle, escondidos tras las cortinas a la espera de rematar la faena.
Si mirabas de reojo desde la esquina de enfrente, podías observar cómo el visillo se desplazaba disimuladamente hacia un lado y, desde un pliegue, el par de ojos se clavaba en tu cuerpo y te desmenuzaba con la mirada. Si tú les devolvías la tuya, el pliegue del visillo caía con celeridad durante unos minutos, hasta que una de las esquinas volvía a levantarse para observar.
Si las encontrabas cuando iban a misa, velo a la cabeza y misal en mano, ambas agachaban la vista con decoro, saludaban y corrían hacia la iglesia con el cuerpo pegado a las paredes, mimetizadas con el color opaco de su vida.
Siempre que subo o bajo, aunque sé que nadie vive en ese piso, que las dos mujeres fallecieron hace años, observo la mirilla por si se abre y subo las escaleras de dos en dos para que nadie me vea y si llego desde la esquina de enfrente, miro hacia el balcón, aunque ya no tenga visillos.
12 comentarios:
Ah! Dicen que para ser es necesario ser percibido, ¿no?
Los ojos siempre mirando de tu relato me han recordado un corto de Beckett, "Film": 20 minutos en blanco y negro y absoluto silencio, un personaje central observado en todo momento y a pesar suyo, casi claustrofóbico... Una maravilla de relato.
De qué forma tan duradera marcan estas acciones medio obsesivas. Uno no puede olvidarlas jamás
.
ufffffff las viuditas aburridas!! che!! qué bueno el relato, me atrapó. Que fueran dos pares de ojos.... no sé... era raro... Pensé que sería una niñera... o unas monjitas.. ajaja.. se ve que a mí me perseguían las monjitas de la escuela...
Muy interesante!
Besos!! (ya casi pensaba que el silencio se extendería en este fundamental blog!! jeje)
Frac. Aquel par de ojos vigilantes eran dos mujeres anodinas. Dos mujeres que preferían pasar inadvertidas, es decir, que probablemente no eran.
Su vida, con toda probabilidad, se realizaba a través y desde la vida de otros. De la nuestra, que subíamos y bajábamos y ellas llevaban el recuento de su vida a través de nuestro peregrinaje por las escaleras.
Y no, no las olvido. Como ya sabes son las protagonistas de la novela.
Mib.
Una era viuda y la otra, suponemos que soltera de por vida. Una creímos que venía de Argentina y la llamabamos señorita Elo y vivía realquilada en casa del otro par de ojos: Julia.
Contaré más cosas sobre ellas.
Un beso
Pues estás bajando la guardia, porque seguro que cualquier día te sorpenden el par de pestañas y la pupila integorrante agazapadas tras la mirilla oxidada.
Un abrazo
nosotras en mi pueblo llamábamos a esas mujeres el triángulo de las bermudas, por la disposición de sus casas! ja ja ja ja
Esos ojos, perpetuos, omnipresentes son los que asoman siempre por el rellano de mi escalera.
Mi vecina es una psicótica en brote esquizofrenico permanente (este es un diagnostico que le he avanzado yo....), el caso es que está permanentemente viendo la vida pasar desde detrás de su puerta. Y sea la hora y la persona que sea, ahí esta ella para registrarlo...
Gregorio. Desgraciadamente fallecieron, con lo cual me dejaron huérfana de miradas clandestinas.
Les dediqué mi primera novela, aunque ellas nunca lo supieron.
Un abrazo
Desesperada. Estas serían el binomio religioso. Vivían juntas. Una realquilada en la casa de la otra.
Itoitz. Lo de tu vecina creo que es peor.Las mías estaban aburridas y solas, muy solas. Observar la vida ajena debía de proporcionarles un sentido a la suya propia.
Besos
Aunque puedo imaginar la incomodidad vivida, no parece que hirieran la intimidad, mas bien se adivina la infelicidad de la suya.
Scriptorum, no sabía que habías escrito una novela, o más, ¿serías tan amable de decirme el título de alguna y el nombre con el que la firmaste?, me encantaría leerlas. Enhorabuena y gracias.
Vitrubia. La verdad es que no pasaban de ahí. Era más la infelicidad que ganas de criticar.
Cuando yo bajaba a su casa a estudiar siempre me trataban muy bien.
Te dejo la información en tu página. gracias por el interés, Un beso
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