He transcrito la entrada de hoy en el Blog de El Escorpión (Alejandro Gándara) en El Mundo.
29 de noviembre.- Conversación con una colega de la cuerda literaria acerca de las novelas de jóvenes autores que llegan con petición de lectura y de opinión:
Colega.- ¿Tú les dices lo que piensas, tanto si es bueno como malo?
Yo.- Eso creo.
Colega.- Y a menudo es malo.
Yo.- A menudo, no siempre.
Colega.- Yo hablaba del a menudo. ¿Qué derecho tenemos nosotros a decirles lo que pensamos?
Yo.- Supongo que el mismo que ellos a largarnos el tocho.
Colega.- Puede. ¿Pero no te das cuenta de que nosotros ya somos unos frikis? A nosotros nos gustan las novelas de James, de Conrad, de Faulkner, de Handke, de Bernhard... ¿Qué pelotas vamos a decirles a tipos que están viendo morralla cada día en las librerías? ¿Con qué derecho los desanimamos?
Yo.- ¿Nosotros somos los frikis?
Colega.- Nosotros somos los frikis. Seguimos creyendo en cosas como la autoridad o la excelencia o el conocimiento, cuando la realidad dice que nada va por ahí. La mayor parte de escritores noveles con los que me encuentro, lo único que buscan es ganarse la vida. Se van a las librerías y se dicen: yo también puedo hacer esto. Por qué no. Y tanto que pueden hacerlo.
Yo.- Me apresuro a decirte que lo de la excelencia, la autoridad y tal, aparte de rijosos, son conceptos de lo más manipulable. Yo los he sufrido por causa de auténticos idiotas. Más bien, sólo a causa de idiotas.
Colega.- Llámalo como quieras.
Yo.- Prefiero llamarlo destreza, talento, aprendizaje en un sentido de lo más artesanal. A lo peor, lo que quieres decir es que escribir libros es distinto de hacer puentes y diagnósticos, y que basta con una voluntad espontánea. Me gustaría saber lo que piensan los que tienen que cruzar un río o los pacientes de un ambulatorio si les dijeras que no tienes ni idea, pero que te ganas muy bien la vida.
Colega.- No es lo mismo.
Yo.- Es verdad. Las palabras son más peligrosas y matan más gente. No digamos neuronas.
Colega.- Pero a los que no lo saben, eso no les sirve de nada. En lo único en que deberíamos ponernos de acuerdo es en que nosotros, a esos escritores, no les servimos de nada.
Yo.- Pero de eso no te enteras hasta que no los lees. Siempre hay alguno.
Colega.- Eso para mí es demasiado poco a menudo. A lo mejor es que tú tienes más suerte. Yo dimito. Me siento como el abuelo cebolleta hablando del punto de vista y de la descripción de espacios. Y del tema ni te cuento.
Yo.- La cara que a uno se le queda, eso sí.
Colega.- No hay derecho.
Yo.- Así que frikis...
30.11.06
29.11.06
Sting para Xuxi
Que no vayan a pensar ahora que esta es una sección de discos dedicados como los de antaño y hogaño.
Pero por una vez... para ti, Xuxi, con mucho cariño.
27.11.06
Insólito Sting...
Tenedme paciencia y miradlos los dos... ¿si?
No se ven perfectamente, ni el uno ni el otro.
para mi ha sido un descubrimiento en relación a Sting (a Alessandra Ferri ya la conocía)
Feliz lunes... y feliz semana!
No se ven perfectamente, ni el uno ni el otro.
para mi ha sido un descubrimiento en relación a Sting (a Alessandra Ferri ya la conocía)
Feliz lunes... y feliz semana!
25.11.06
Sin título
CERVEZA NEGRA
Un hombre regresa a su casa con la única idea de pasar por el colmado y comprar cerveza negra. Le gusta tomarla frente al televisor cuando su equipo favorito juega. Deja el paque atrás, y al doblar la esquina, sus ojos buscan instintivamente el portal, pero descubre que no está. "Como en el cuento", se dice a sí mismo. Convencido de que sólo la fantasía de un escritor puede crear una situación parecida, se concentra en buscar el número 22. Y de nuevo comprueba que no está. Se siente aturdido; con los números es bastante fiable. Ha sido contable durante cuarenta y cuatro años sin que nunca se le haya imputado un error de cálculo grave. "Me habré confundido de calle", concluye. Recorre el barrio en busca de su calle, sin éxito. Luego camina media ciudad, y la ciudad entera, y todavía la ciudad empezando por el otro extremo; siempre en busca de una calle que no encuentra. "¿Como terminaba el cuento?", se pregunta, "¿qué le pasó al hombre que no hallaba su casa?". Fuerza la memoria, y se le aparece un lugar pequeño, remoto y blanco, donde reina una extraña calma. No reconoce el lugar, y en lo sucesivo, cada vez que fuerza la imaginación, se ve a sí mismo sorbiendo un trago de cerveza negra frente al televisor.
Un hombre regresa a su casa con la única idea de pasar por el colmado y comprar cerveza negra. Le gusta tomarla frente al televisor cuando su equipo favorito juega. Deja el paque atrás, y al doblar la esquina, sus ojos buscan instintivamente el portal, pero descubre que no está. "Como en el cuento", se dice a sí mismo. Convencido de que sólo la fantasía de un escritor puede crear una situación parecida, se concentra en buscar el número 22. Y de nuevo comprueba que no está. Se siente aturdido; con los números es bastante fiable. Ha sido contable durante cuarenta y cuatro años sin que nunca se le haya imputado un error de cálculo grave. "Me habré confundido de calle", concluye. Recorre el barrio en busca de su calle, sin éxito. Luego camina media ciudad, y la ciudad entera, y todavía la ciudad empezando por el otro extremo; siempre en busca de una calle que no encuentra. "¿Como terminaba el cuento?", se pregunta, "¿qué le pasó al hombre que no hallaba su casa?". Fuerza la memoria, y se le aparece un lugar pequeño, remoto y blanco, donde reina una extraña calma. No reconoce el lugar, y en lo sucesivo, cada vez que fuerza la imaginación, se ve a sí mismo sorbiendo un trago de cerveza negra frente al televisor.

PORTAL BLANCO
Un hombre regresa a su casa con la única idea de pasar por el colmado y comprar cerveza negra. Le gusta tomarla frente al televisor cuando su equipo favotiro juega. Deja el paque atrás y al doblar la esquina, sus ojos buscan instintivamente el portal, pero descubre que no está. "Como en el cuento", se dice a sí mismo. Convencido de que sólo la fantasía de un escritor puede crear una situación parecida, se concentra en buscar el número 22. Y de nuevo comprueba que no está. Se siente aturdido; con los números es bastante fiable. Ha sido contable durante cuarenta y cuatro años sin que nunca se le haya imputado un error de cálculo grave. "Me habré confundido de calle", concluye. Recorre el barrio en busca de su calle, sin éxito. Luego camina media ciudad, y la ciudad entera, y todavía la ciudad empezando por el otro extremo, siempre en busca de una calle que no encuentra. "¿Como terminaba el cuento?", se pregunta, "¿qué le pasó al hombre que no hallaba su casa?". Fuerza la memoria, y se le aparece un lugar pequeño, remoto y blanco, donde reina una extraña calma. Es el portal de su casa, y en lo sucesivo, cada vez que fuerza la imaginación, se ve a sí mismo sorbiendo un trago de cerveza negra frente al televisor.
Un hombre regresa a su casa con la única idea de pasar por el colmado y comprar cerveza negra. Le gusta tomarla frente al televisor cuando su equipo favotiro juega. Deja el paque atrás y al doblar la esquina, sus ojos buscan instintivamente el portal, pero descubre que no está. "Como en el cuento", se dice a sí mismo. Convencido de que sólo la fantasía de un escritor puede crear una situación parecida, se concentra en buscar el número 22. Y de nuevo comprueba que no está. Se siente aturdido; con los números es bastante fiable. Ha sido contable durante cuarenta y cuatro años sin que nunca se le haya imputado un error de cálculo grave. "Me habré confundido de calle", concluye. Recorre el barrio en busca de su calle, sin éxito. Luego camina media ciudad, y la ciudad entera, y todavía la ciudad empezando por el otro extremo, siempre en busca de una calle que no encuentra. "¿Como terminaba el cuento?", se pregunta, "¿qué le pasó al hombre que no hallaba su casa?". Fuerza la memoria, y se le aparece un lugar pequeño, remoto y blanco, donde reina una extraña calma. Es el portal de su casa, y en lo sucesivo, cada vez que fuerza la imaginación, se ve a sí mismo sorbiendo un trago de cerveza negra frente al televisor.
23.11.06
20.11.06
Teatro
Ayer tarde estuvimos en el Teatro Principal de València viendo la obra de teatro "La Cabra o ¿quién es Silvya?"
Durante una hora y cuarenta minutos José María Pou, Mercé Arànega, Juanma Lara y Alex García te mantienen el interés por lo que sucede en el escenario.
La obra es muy dura, es un verdadero drama que tira por los suelos la convivencia y el amor. Es una trágica historia de celos.
La obra comienza presentando a Martin, un reputado arquitecto que acaba de ganar un prestigioso premio y a su esposa Stevie, con quien lleva casado más de veintiséis años. Los dos se divierten con diálogos ingeniosos, contestaciones irónicas y sagaces y bromas cómplices. Parecen una pareja perfecta. Pero esta perfección, de repente, se hace añicos.
Martin se ha vuelto a enamorar. El problema es que, a quien él llama Silvya, es una cabra.
Todos empiezan a verlo como un monstruo, una persona desequilibrada que se folla a un animal. Y alrededor todo se rompe, literalmente, puesto que Stevie destroza todo lo que encuentra a su paso. Eso sí, sus discusiones son sarcásticas, aceleradas, irónicas, dolidas.
Como preguntarle la edad de la cabra y cuando él le explica que es joven, ella rompe a reír y le dice que aparte de un monstruo es un corruptor de menores.
Ella, en uno de los monólogos de la obra, intentando explicarle a su marido qué siente, le dice que ellos habían sido una pareja única puesto que podían ver el humor dentro de las situaciones trágicas, que es su manera de discutir, y lo horrible, lo trágico dentro de las situaciones que los demás consideran normales.
El amigo, finalmente, le viene a decir que todos tenemos manías, fantasmas en los armarios pero lo importante es que nadie lo sepa. Ahí es donde está el quid de la cuestión. En la hipocresía de la vida.
En un obra sobre la irracionalidad del amor y de los celos, sobre la amistad y sobre todo aquello que se esconde bajo la apacible superficie de la convivencia y la vida cotidiana.
Acabé cansada físicamente pero agradecida de haberla visto. Te ríes de los comentarios sarcásticos de Stevie. Lloras de la situación del hijo gay que pensaba que tenía una familia demasiado normal, que comprendía su situación y a los que amaba.
Y te sorprende el final.
Quien la haya visto podrá opinar lo mismo que yo, o no. Pero, así es el teatro y la vida misma.
Durante una hora y cuarenta minutos José María Pou, Mercé Arànega, Juanma Lara y Alex García te mantienen el interés por lo que sucede en el escenario.
La obra es muy dura, es un verdadero drama que tira por los suelos la convivencia y el amor. Es una trágica historia de celos.
La obra comienza presentando a Martin, un reputado arquitecto que acaba de ganar un prestigioso premio y a su esposa Stevie, con quien lleva casado más de veintiséis años. Los dos se divierten con diálogos ingeniosos, contestaciones irónicas y sagaces y bromas cómplices. Parecen una pareja perfecta. Pero esta perfección, de repente, se hace añicos.
Martin se ha vuelto a enamorar. El problema es que, a quien él llama Silvya, es una cabra.
Todos empiezan a verlo como un monstruo, una persona desequilibrada que se folla a un animal. Y alrededor todo se rompe, literalmente, puesto que Stevie destroza todo lo que encuentra a su paso. Eso sí, sus discusiones son sarcásticas, aceleradas, irónicas, dolidas.
Como preguntarle la edad de la cabra y cuando él le explica que es joven, ella rompe a reír y le dice que aparte de un monstruo es un corruptor de menores.
Ella, en uno de los monólogos de la obra, intentando explicarle a su marido qué siente, le dice que ellos habían sido una pareja única puesto que podían ver el humor dentro de las situaciones trágicas, que es su manera de discutir, y lo horrible, lo trágico dentro de las situaciones que los demás consideran normales.
El amigo, finalmente, le viene a decir que todos tenemos manías, fantasmas en los armarios pero lo importante es que nadie lo sepa. Ahí es donde está el quid de la cuestión. En la hipocresía de la vida.
En un obra sobre la irracionalidad del amor y de los celos, sobre la amistad y sobre todo aquello que se esconde bajo la apacible superficie de la convivencia y la vida cotidiana.
Acabé cansada físicamente pero agradecida de haberla visto. Te ríes de los comentarios sarcásticos de Stevie. Lloras de la situación del hijo gay que pensaba que tenía una familia demasiado normal, que comprendía su situación y a los que amaba.
Y te sorprende el final.
Quien la haya visto podrá opinar lo mismo que yo, o no. Pero, así es el teatro y la vida misma.
16.11.06
La propia parodia
Abro el periódico de hoy, al azar como casi siempre, y empiezo a leer por la parte de atrás. Cuando llego a la página central, me doy de bruces contra dos frases que destacan. La primera es de Julià Guillamón: "Los grandes discursos sólo son hoy aceptables si se acompañan de su propia parodia". Y la segunda, de Daniel Kehlmann, en relación a su libro "La medición del mundo": "La literatura seria tiene que atender lo elevado y lo profano". Y me quedo pensando en qué tipo de literatura prefiero, en las cosas que empiezo por la parte de atrás, y también en cuantas veces me río de mí misma.
Entonces, recuerdo al tipo loco que vi el otro día en la calle. Se dedicaba a girar visiblemente los huesos de su cuerpo; literalmente, giros completos. Dio dos vueltas enteras a su munñeca. Si no lo veo no lo creo. Casi no podía mirar como daba la vuelta a sus codos. Hice la foto al principio de la demostración. Luego ya no pude seguir fotografiando.
Probablemente, queriendo o no, a veces nos comportamos como ese infeliz, y torsionamos y desquiciamos a nuestro cuerpo, y con él, la que sería una de sus partes principales, la mente. Me fui cuando se metió un clavo de siete centímetros en la nariz.
14.11.06
10.11.06
Artículo curioso

He leído hoy un artículo llamado: "La mancebía en la Valencia foral" que me ha parecido interesante. No lo puedo transcribir, ni entero ni a cachitos, porque es largo y nos perderíamos muchas curiosidades de las que contiene.
http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20061110/ocio/mancebia-valencia-foral_20061110.html
os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo.
8.11.06
Canta conmigo

Zamba de mi esperanza
amanecida como un querer,
sueño, sueño del alma,
que a veces muere sin florecer
Zamba, a ti te canto
porque mi canto derrama amor,
caricias de tu pañuelo
que va envolviendo mi corazón
Estrella, tú que miraste,
tú que escuchaste mi padecer,
estrella, deja que cante,
deja que quiera como yo sé
El tiempo, que va pasando,
como la vida no vuelve más,
el tiempo me va matando
y tu cariño se va, se va
amanecida como un querer,
sueño, sueño del alma,
que a veces muere sin florecer
Zamba, a ti te canto
porque mi canto derrama amor,
caricias de tu pañuelo
que va envolviendo mi corazón
Estrella, tú que miraste,
tú que escuchaste mi padecer,
estrella, deja que cante,
deja que quiera como yo sé
El tiempo, que va pasando,
como la vida no vuelve más,
el tiempo me va matando
y tu cariño se va, se va
Hundido en horizontes,
cual polvareda que al viento va
zamba, ya no me dejes,
yo sin tu canto no vivo más...
Se la oía cantar a Jorge Cafrune y a Marito. Una de las canciones más bonitas que recuerdo...
¿Cantamos juntos? ¿Quién va por la guitarra?
2.11.06
Antoni Tàpies
Permeteu-me que avui parli en català, i em serveixi de l'obra d'Antoni Tàpies per expressar el resultat de les eleccions d'ahir al Parlament de Catalunya.
La imatge d'una senyera amb moltes paraules escrites sembla representar prou bé el perídoe de converses que ara s'inicia per tal d'establir pactes de govern.
Sigui com sigui, sempre m'agrada contemplar els quadres de Tàpies.
La imatge d'una senyera amb moltes paraules escrites sembla representar prou bé el perídoe de converses que ara s'inicia per tal d'establir pactes de govern.Sigui com sigui, sempre m'agrada contemplar els quadres de Tàpies.
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