RUIDO

Afuera hay un estrépito de hojas. Las ramas de las palmeras parecen aplaudir la furia del viento. Los chopos son el rumor más acariciante de este comienzo de otoño tardío. Ana confunde sus recuerdos con el ruido que escucha en el jardín que son como el entrechocar de piedras enormes. No soporta los chillidos, dice que le oscurecen el pensamiento.
El golpeteo afuera se hace cada vez más insoportable. Las contraventanas se abren y cierran sacudiéndose como locos contra una pared. Ana abre el balcón para cerrarlas y acabar con los crujidos que le rompen el cerebro. Logra cerrar el balcón. La habitación queda sumida en una semipenumbra pero los crujidos están en su cabeza. Al girar en redondo, ve su figura frente al espejo y los chirridos se hacen imágenes.
Ve reflejado en el fondo la espalda de su madre contra su propia imagen.
Sus ojos redondos, abrasados de curiosidad miran hacia arriba, a lo alto, a la cara irritada que abre la boca desmesurada y profiere gritos estridentes que sobresalen por encima del ruido de la calle.
Los ojos que miran a lo alto son rotundos, las pupilas negras, dilatadas por la curiosidad y el miedo que resaltan sobre el globo blanco, enrojecidos por minúsculas venillas a punto de reventar. Los ojos redondos y grandes se desvían de la boca desmesurada, buscando consuelo en alguna otra boca. Pero no encuentra ninguna. Están ellas dos solas. Entorna los párpados, agacha la cabeza y las lágrimas silenciosas comienzan a rodar por su rostro crispado. Están saladas, es lo único bueno que queda tras los gritos y el viento. Saca la lengua, y sorbe una de ellas, la que se aligeraba hacia la comisura izquierda. Con el dorso de la mano recoge las que descienden por el tobogán de su cara. La niña arruga la naricilla llena de mocos y lágrimas molesta por el olor a alcohol de la boca de su madre.
© Elèna Casero



