¿De qué va esto? Ni se sabe, las palabras dirán...
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20.6.07

Recuerdos peregrinos

Nuestra vida comunal, allá en mi lejana adolescencia, estaba controlada por dos pares de ojos que nos observaban constantemente. Subieras o bajaras las escaleras, ya fuera de día o de noche, día de colegio o fin de semana. Tampoco importaba que fueras niño o mayor. Los ojos siempre estaban allí.
Cuando bajabas, al pasar por el rellano, percibías la mirada clavada en tus espaldas y el sonido, ligeramente desafinado, de la mirilla cuando se abría. La mirilla era redonda. De color dorado añejo. Para abrirla o cerrarla bastaba con hacer girar el disco interior. Entonces las pestañas se abrían, como el párpado del ojo que miraba, y dejaban ver el exterior.
El par de ojos, que podía ser de cualquiera de las dos mujeres que vivían en la casa, te estudiaba con detenimiento en ese pequeño lapso que duraba bajar nueve escalones y un rellano.
Ambas mujeres estaban atentas a cualquier cosa que sucediera en la escalera, en una comunidad con pocos y antiguos vecinos. Un par de ojos en la mirilla y el otro par en una de las habitaciones que daban a la calle, escondidos tras las cortinas a la espera de rematar la faena.
Si mirabas de reojo desde la esquina de enfrente, podías observar cómo el visillo se desplazaba disimuladamente hacia un lado y, desde un pliegue, el par de ojos se clavaba en tu cuerpo y te desmenuzaba con la mirada. Si tú les devolvías la tuya, el pliegue del visillo caía con celeridad durante unos minutos, hasta que una de las esquinas volvía a levantarse para observar.
Si las encontrabas cuando iban a misa, velo a la cabeza y misal en mano, ambas agachaban la vista con decoro, saludaban y corrían hacia la iglesia con el cuerpo pegado a las paredes, mimetizadas con el color opaco de su vida.
Siempre que subo o bajo, aunque sé que nadie vive en ese piso, que las dos mujeres fallecieron hace años, observo la mirilla por si se abre y subo las escaleras de dos en dos para que nadie me vea y si llego desde la esquina de enfrente, miro hacia el balcón, aunque ya no tenga visillos.