Creo que soy una de esas personas que no comprenden que ese sentimiento tan elevado — el de la felicidad — se alberga siempre en las cosas más pequeñas, en los detalles más insignificantes que día a día van moldeando nuestra vida. Como siempre me han dicho que era rara, y yo deseaba quitarme ese estigma, me avine a acompañar a mis amigas a hacer la compra semanal, un sábado por la mañana a una gran superficie.
En el coche, mientras conducía, me prometí no ponerme nerviosa y disfrutar, como ellas ya estaban haciendo, del inicio de la felicidad que se nos avecinaba.
— ¿Lleváis una lista muy larga? — pregunté (bendita inocencia la mía)
Mis dos amigas me miraron extrañadas.
— ¿Para qué quieres la lista?
Me di cuenta entonces de que había tropezado con el primer guijarro en el camino de la felicidad. En estos casos la lista era un añadido, no hacía ninguna falta. Me sentí un poco avergonzada y callé. No les dije — para evitar reincidir en la racanería y en la rareza — que yo soy de esas personas que se preparan los menús semanales y baja a la tienda de la esquina con una listita primorosamente confeccionada que incluye de todo. No me atreví a mencionar que yo soy también de las que inspeccionan de cabo a rabo la despensa, el frigorífico y el congelador para evitar comprar cosas superfluas. Y para que no se rieran también de mí, porque ya se sabe que la hilaridad puede nacer en cualquier detalle anodino, no les confesé, desde el empacho que ya sentía, que yo soy de esas que creen que con una buena organización se puede llegar a ahorrar. Así pues, sonreí y asentí.
— Gira a la derecha, que te pierdes.
Arriba como colgado de una percha del imponente cielo de un sábado del mes de Agosto, sobresalía un cartel indicando la entrada del aparcamiento del hipermercado.
Sentirse atrapado en un atasco era lo peor que me podía suceder pero en aquel momento cuando la felicidad estaba a punto de convertirse en algo tangible, empecé a mirarlo desde otro punto de vista. Seguí los acertados consejos de mis amigas y cambié de emisora y al son del ritmo festivalero propuesto por la emisora, ellas comenzaron a agitar sus cuerpos que comenzaban a tener color de carne recalentada en el microondas.
— Así no nos aburrimos — me dijo Merche.
Yo sonreí. Y pensé, aunque no osé decirlo en voz alta, que las oleadas que ascendían por todos los resquicios del coche desde el asfalto nos iban a provocar una lipotimia.
Avanzábamos muy lentamente, como en una procesión de Semana Santa. Por el carril opuesto iban saliendo los coches que abandonaban el aparcamiento del hipermercado, pero para mi desesperación apenas pasaba uno cada cinco minutos.
He de reconocer que mis amigas venían bien pertrechadas para estas situaciones. De sus amplios bolsos — no exiguos como el mío — aparecieron revistas del corazón, walkmans (no sé para qué si la radio estaba a toda pastilla) y abanicos de restaurante chino. Yo, como es normal, quedé en ridículo pues sólo tenía a mano unas cuantas hojas de propaganda del dichoso hipermercado con las sorprendentes ofertas de 10 x 1 que sin compasión alguna nos atarugan los buzones. Me repasé una y otra vez los llamativos precios que me sugerían las cromáticas hojas de papel, mientras cada cinco minutos soltaba el freno de mano, ponía la marcha y el coche avanzaba en un trompicón los escasos diez metros que lográbamos recorrer.
Calculé, sin ser esta disciplina en la que más brillo, que a este paso y según donde estábamos — a mitad de la rampa todavía — tardaríamos una hora más en alcanzar nuestro objetivo. El cuerpo se me resintió, no sé si debido al calor o a mi necedad por no comprender que estaba en el camino de la dicha.
Miré el reloj: las doce del mediodía. ¡Dios mío!, me dije, había salido a las nueve de mi casa, a las nueve y media había recogido a Merche y a las diez estábamos las dos esperando a que Luisa terminara de colorearse la cara como si se fuera de fiesta. De repente me vino a la memoria una frase a la que no había prestado atención pero que sin querer se había incrustado en mi mente: "Comeremos cualquier cosa en la bocatería del centro comercial, cariño", le dijo Luisa a su marido que nos despidió con un sonoro bostezo y un gesto de asentimiento. Ahora comprendía. Incluso si seguíamos así podríamos ver una película y dormir en el aparcamiento.
A la una, después de aparcar de mala manera, en una plaza estrecha y lejos del techado — que hubiera evitado que el coche se derritiera — bajo la losa de rayos solares que socavaban el asfalto, abrí la puerta del coche. Mis amigas salieron con la euforia de un primer día de colegio; a mí me dolían hasta las pestañas, la cara me brillaba como si me la hubieran lustrado y unos hilillos de sudor habían formado una hendidura en la piel de entre mis pechos. Me pesaban las piernas, una — la derecha, — agarrotada a causa del pedal del acelerador. La otra, la que me quedaba, simplemente dormida. Por suerte la cabeza no me daba vueltas, sólo la presentía crecida como una calabaza, pero me dije que aquello eran los primeros indicios de la felicidad. En medio de la algarabía de la gente que salía a borbotones por entre las fauces abiertas del león cuyas tripas estaban abarrotadas de felicidad, mis amigas y yo fuimos a coger un carro. Ninguna llevaba la moneda de euro o cincuenta céntimos necesaria.
— Mira que te lo tengo dicho, Luisa, siempre nos pasa lo mismo.
Yo, con el ánimo dispuesto a todo, saqué del fondo de mi bolso un aparatito plano que sirve a la vez de llavero y es un sustituto perfecto de cualquiera de ambas monedas. Ya decía que soy muy organizada.
El sol caía como una condena, pero soportable, puesto que era el paso previo a la placidez que íbamos a encontrar en las tripas del león. Me fijé entretanto en los rostros con los que me iba topando para leer en ellos, en sus arrugas, los símbolos de las sensaciones que me aguardaban. Ante la entrada, las fauces se abrieron de par en par y el aliento helado que expelían las tripas de este hormiguero humano nos alcanzó de lleno en el cuerpo.
— Esto es la antesala del cielo — dijo Merche entrecerrando los ojos mientras empujaba el carro.
Una vez alcanzadas por el toque de gracia de las primeras exhalaciones, nos internamos en aquel triperío dominado por seres como nosotras, dirigiendo unos carros metálicos de ruedas ingobernables. Mis amigas, para quienes aquel lugar carecía de secretos, dirigían la aventura con decisión firme.
Yo había estado varias veces en este lugar, u otros parecidos, porque todos son iguales: escaleras mecánicas, tiendas, más tiendas, ofertas, cines, cantidades ingentes de comida o de cualquier otro producto, todo lo que puedas imaginar, lo más inverosímil, lo más innecesario o lo más inútil, pero donde te puedes dejar el sueldo del mes como más te apetezca sin necesidad de salir de allí. Yo, como ya he dicho, había ido pero, tonta de mí, a unas horas un tanto extrañas — víctima como había sido hasta hoy de la rusticidad — a unas horas en las que el león estaba inapetente y tenía las tripas vacías, horas en las que circulábamos cuatro infelices con cara de pardillo como yo con los carros apenas cargados.
A ciegas, dejándote llevar sólo por el olfato, sabes que entras por el acceso a los detergentes, las cajas se amontonan en un alarde de trapecismo. Nada más entrar fuimos abordadas por una criatura angelical en cuyo cuerpo se había impregnado aquel aroma, y que hizo unas piruetas a nuestro alrededor, deslizándose sobre patines y ofreciéndonos en una bandeja unos sobrecitos de muestras. La verdad es que la chica era muy mona y para no contrariarla cogí uno de ellos.
— Con todas las muestras que tengo — dijo Luisa — tengo para poner lavadoras durante dos semanas sin comprar un tambor de detergente.
Proseguimos nuestro periplo por pasillos de ida y vuelta haciendo intentos para no tropezarnos con los carros que venían de frente.
Al doblar una esquina, justo en la bifurcación de las calles, había un monumento al aceite de oliva virgen de 0,4º que estaba de oferta porque seguramente en Europa no se vendía bien. Mis amigas, haciendo gala de una destreza inimaginable a nuestra edad, se enzarzaron a mordiscos con una señora redonda que pretendía arrebatarles las diez botellas que ya tenían seleccionadas.
Yo me iba dando cuenta de que por debajo de mi aspecto de señora de clase media liberada y con sueldo propio, subyacía una educación austera. Me preguntaba qué iba yo a ahorrar si me llevaba semejante cargamento a casa. Cogí dos botellas cuando la ola humana que pretendía arrastrarme se ahogó en otro monumento semejante, esta vez dedicado al chorizo ibérico de pata negra, donde por supuesto estaban mis amigas.
De nuevo una señorita muy mona subida en unos patines de ruedas rojas vino hacia nosotras con una bandeja en la mano y nos ofreció una degustación de quesos de polímero holandeses con sabor a plastilina masticable. Estaban de oferta en la sección de charcutería en la semana de Holanda, nos dijo con acento empalagoso.
Las ruedas del carro chirriaron en el linóleo y de los pies de mis amigas las chispas saltaron por doquier. En un periquete atravesaron tres pasillos saturados de señores en bermudas, camisetas de tirantes, sandalias de colores chillones, varios de los cuales estaban entablando una conversación por el móvil con algún congénere, al tiempo que entorpecían el paso del resto de compulsivos compradores.
Merche, para cuando yo llegué empujando el carro, ya había adquirido la oferta del queso plastificado — diez quesos de diferentes tamaños y forma, con aparente textura — que después repartiría entre la familia. Cogí uno de aquellos quesos, el más llamativo, que tenía forma de molino, y leí la etiqueta "Fromage d'Hollande". Fabriqué en Calasparre". Ya no me interesé por el precio. Y además empecé a dudar que lo que yo sentía eran los prolegómenos de la felicidad. ¿Por qué, dónde estaba esa sensación etérea, cuándo se lograba?
Por los altavoces, una voz metálica anunció que en ese mismo instante, en la sección de lencería comenzaba la oferta de ropa interior a 9,99 euros.
Me vi asaltada, en sentido literal, por la multitud de carros, incluidos los de Merche y Luisa que surcaron el linóleo en pos de semejante oferta. Yo les seguí como Dios me dio a entender, mientras recapacitaba e intentaba recordar a quién de mi familia le hacía falta ropa interior. Quizás a la pequeña, me dije, como está creciendo, no estará de más que le compre ahora algo ya que está de oferta. Tardé tanto en repasar el ajuar casero, que cuando llegué ya no quedaba nada, excepto las tallas para hipopótamos. Bien, me consolé, iré a la tienda del barrio y quizás encuentre lo que necesito.
En ello estaba cuando regresaron Merche y Luisa radiantes de satisfacción. Al fijarme en el arrebol de sus rostros, sus peinados desarbolados como velas destroncadas por un huracán, y sobre todo por sus carros rebosantes de productos repetidos, se me cayó el alma a los pies. Miré mi carro y los suyos, alternativamente. El mío resultaba penoso, escuálido, como de pobre. Ellas me leyeron el pensamiento y me miraron. A continuación se miraron entre ellas para devolverme una mirada conjunta que transmitía compasión. Jamás iba a alcanzar la dicha si continuaba por este camino. Era incomprensible mi cabezonería, parecían querer decir.
Eran las tres del mediodía. Hacía dos horas que estábamos allí dentro y yo tan sólo había comprado el aceite, unos botes de tomate y un lote de papel higiénico de 36 rollos. No tenía ni siquiera apetito, sólo deseaba marcharme. Veía con claridad el futuro: nos íbamos a juntar con el turno de tarde, ese que empieza momentos después de acabar la película, y ese turno es más laborioso, si cabe, porque vienen descansados después de haber hecho la siesta y han comido pizza o macarrones y ya se sabe estos dos alimentos poseen una dosis extra de proteínas. Mientras pensaba todo esto y el terror me iba subiendo o bajando como una procesión de hormigas por el cuerpo, yo seguía a mis amigas por los pasillos que recorrían más deprisa que yo, cogiendo de ambos lados los productos en oferta.
Andaba tan abstraída que ni me fijé en que ellas iban llenando mi carro con lo que se les ocurría. Pasamos por la sección de carnicería, por la pescadería, por la frutería, y allí cogí dos pimientos rojos de plástico acharolado.
— Creo que ya está todo — dijo Luisa — ahora vamos a tomar un bocata.
Eran las cinco y estábamos a punto de alcanzar el éxtasis. Las colas alcanzaban el infinito del hiper, uniéndose entre ellas como las colas de un dragón.
A las siete alcanzamos finalmente el punto de caja donde una señorita recogía nuestros artículos y los pasaba por el lector de códigos. Las cintas de papel salían escupidas por el rabillo del ojo de las máquinas registradoras.
¡Ah! supe, vi, toqué, alcancé el gozo supremo, la felicidad gloriosa. Eran las siete y media. Mi estómago crujía como una madera carcomida, me habían regalado un móvil al comprar un jamón portugués, y la cajera me dio la nota.
De aquel estado de sublimidad sólo recuerdo un cielo blanco y un viaje astral. Y de él me quedan unas moraduras en las piernas y en los codos y la tranquilidad de que hoy salgo del hospital.
© Elèna Casero





