Quería plantear un problema de enfoque humano. Es el siguiente: en la oficina donde trabajo, uno de los compañeros de mi departamento está enfermo.
Desconocemos el tipo de enfermedad pero no es un resfriado. En tres meses ha adelgazado veinte kilos, su rostro es de color verde/ceniza. Los rasgos perfectamente afilados. Camina despacio, arrastrando los pies, trastabillando. Conjeturas sobre su estado hay miles. Cada uno aporta la suya, su conocimiento médico, su impresión, sus recuerdos sobre personas a quienes hemos visto con una fisonomía semejante. Mi madre, por ejemplo. El mes próximo se prejubila. Y todos y cada uno le vaticina que no llega a ella.
Ayer fue el peor día. Se pasó casi todo el día sentado en su silla, dormitando, con el cuello encastrado entre sus hombros huesudos. Viso de perfil parecía un ave de rapiña, tan narigudo. Una de las jefas lo encontró frente a una máquina dispensadora de café intentando introducir monedas por la ranura de la tarjeta magnética que utilizamos. Varios compañeros se acercaron y se ofrecieron a llevarlo a casa. A todos los intentos, él se negó, alegando que se encontraba perfectamente bien.
Salimos de trabajar a las 16,45 y tomamos el autobús a las 17,00 – transporte de empleados. Esta mañana nos comentaba otro compañero que ayer, a las 17,15 lo encontró en la parada del autobús, solo, esperando. Se acerco y le preguntó y él, con lógica, le respondió que estaba esperando el autobús. No se había percatado de que estaba solo, que no había nadie, ni pasaba ningún autobús. Lo acercó a València y lo dejó en el centro.
En condiciones normales, una persona que no se encuentra bien, toma la baja. Él asegura que no está enfermo, si ha adelgazado es porque está a dieta y tiene un pequeño problema circulatorio.
Es una de las personas más desagradables con las que he tenido que trabajar. Humanamente, es lo que se dice un dechado de virtudes: engreído, maleducado, misógino y vago.
No sentimos pena por él, yo, al menos, no puedo. Su aspecto físico produce, además, una cierta repulsión. Deseamos que se tome la baja, que se marche. Nos decimos que es por él, pero, ¿es cierto? ¿Pensamos en realidad que es por su bien? ¿O es por el nuestro? Porque nos molesta a la vista, porque estamos pensando que nos las tendremos que ver con un cadáver al que nadie va a querer tocar. Porque surgen problemas de conciencia, pero nadie puede obligarle a marcharse.
Nos preguntamos si podemos ser humanos con alguien que nunca lo ha sido. Con alguien que ha elegido la soledad, alejando de su lado a mujer e hijos.
¿Es esto humanidad? Probablemente sea lo que traen los nuevos tiempos.
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