Volviendo sobre los blogs, la virtualidad y todo este mundo entretejido alrededor de un ordenador, debo confesar que llevo días con intranquilidad., incluso puede que se haya reflejado en alguna de mis respuestas. Me encuentro ligeramente desfasada, lo sé. Muchas de estas novedades, lenguajes y expresiones propias de este mundo me pasan por los costados con la velocidad del AVE. Me sobrepasan, no me da tiempo a absorber. Yo entiendo el ordenador como un arma de trabajo, como entiendo el teléfono como un elemento necesario pero no indispensable. Presumo que el hecho de trabajar ocho horas con uno me condiciona mi ritmo vital. Aprecio todo lo que se mueve en la red. De hecho, debo darle gracias a ella puesto que he encontrado amistad y calidez en las dos personas con quienes comparto esta página y que, afortunadamente, conozco en persona. Pero, no dejo de verme algo anticuada. No sé leer un libro en la pantalla, me cansa profundamente y pierdo concentración.
No concibo la lectura sin sostener el libro entre mis manos, arropada en la cama, enroscada en un sillón o absorbiendo los rayos del sol a la orilla del mar o debajo de un pino. No comprendería que la virtualidad absorbiera esos momentos únicos y entrañables que se produce entre el escritor y el lector, la intimidad que se forja por el mero hecho de tocar el libro. Ya sé, sé que vais a decir que pensáis lo mismo. El libro es cálido y la pantalla es fría.
He escrito las dos novelas prácticamente a mano, algo anticuado, está claro. Pero no sé arrancar ningún escrito si no es sobre papel y con un lápiz. Después las paso al ordenador y ahí se quedan.
La virtualidad ha acortado las distancias pero, al mismo tiempo, las ha constreñido. Somos mucho más capaces de expresar nuestros sentimientos, nuestras cuitas, hablar de nuestros problemas personales por medio de un escrito que pretende ser humano, a acortar la distancia que media entre dos personas y entrar a formar parte de su realidad humana. La red protege tu intimidad, parece querer decir. Pero te impide el acercamiento.Será porque me gusta hablar de tú a tú, observar los rostros, los movimientos, la mirada, la chispa de los ojos.Lo cierto es que, a través de los mensajes de la red, aprendes a observar también, a captar los matices de la escritura, a desenmascarar imposturas y fantasmadas y a reconocer la honradez y la amistad.Eso es precisamente, pese a mi carácter tendente a la introversión, lo que me anima a compartir este blog con dos personas que, de virtuales, pasaron a ser tremendamente humanas.
No concibo la lectura sin sostener el libro entre mis manos, arropada en la cama, enroscada en un sillón o absorbiendo los rayos del sol a la orilla del mar o debajo de un pino. No comprendería que la virtualidad absorbiera esos momentos únicos y entrañables que se produce entre el escritor y el lector, la intimidad que se forja por el mero hecho de tocar el libro. Ya sé, sé que vais a decir que pensáis lo mismo. El libro es cálido y la pantalla es fría.
He escrito las dos novelas prácticamente a mano, algo anticuado, está claro. Pero no sé arrancar ningún escrito si no es sobre papel y con un lápiz. Después las paso al ordenador y ahí se quedan.
La virtualidad ha acortado las distancias pero, al mismo tiempo, las ha constreñido. Somos mucho más capaces de expresar nuestros sentimientos, nuestras cuitas, hablar de nuestros problemas personales por medio de un escrito que pretende ser humano, a acortar la distancia que media entre dos personas y entrar a formar parte de su realidad humana. La red protege tu intimidad, parece querer decir. Pero te impide el acercamiento.Será porque me gusta hablar de tú a tú, observar los rostros, los movimientos, la mirada, la chispa de los ojos.Lo cierto es que, a través de los mensajes de la red, aprendes a observar también, a captar los matices de la escritura, a desenmascarar imposturas y fantasmadas y a reconocer la honradez y la amistad.Eso es precisamente, pese a mi carácter tendente a la introversión, lo que me anima a compartir este blog con dos personas que, de virtuales, pasaron a ser tremendamente humanas.
















