
Yo era una niña delgaducha, desgalichada, feucha y con trenzas. Para aderezar el conjunto, a los nueve años, me pusieron gafas. Esto no deja de ser una anécdota porque, afortunadamente, lo único que queda de aquello son las gafas. Crecí rodeada de sonidos: la radio y la música clásica. La voz de mi madre cantando zarzuela y coplas. Y los ronquidos de mi padre y mi tía, en acompañamiento de bajo continuo.
La música influyó en mi carácter, pero su estudio se dilató en el tiempo hasta que, un buen día, decidí que había llegado el momento de encararme con ella. Eso fue en el año 2000.
Lo comenté en casa ilusionada y con esa alegría que manifiestan los adolescentes, me dijeron: ¡estás loca! ¡Con lo mayor que eres! O quizás dijeron vieja. No lo recuerdo.
El caso es que yo soy muy cabezota y no desistí. Tenía que desentrañar los misterios de los sonidos.
Me compré una cartera, preciosa, sin ruedas (que no era un carro de la compra). Fui a una tienda de música y pedí el libro de solfeo y una libreta de papel pautado. Compré una goma de borrar de sabor vainilla y un lápiz con las efigies de los compositores más célebres (como si eso fuera una garantía de algo).
Y llegué a la escuela de música una tarde con mi cartera y mi ilusión. Nada más entrar en la clase me encontré con unos cuantos niños que al verme dijeron: ¿Eres la seño?
— No. No soy la seño, soy una compañera - respondí amablemente.
Los niños me miraron como sólo ellos saben hacer cuando te quieren desmerecer. Y ya no dije nada más.
Al principio fue todo más o menos fácil. Compases y ritmos sencillos. Incluso llegué a destacar. Pero ¡ay! Todo se acaba.
— Vamos a hacer este ritmo del libro, dijo un día el profe. Con la mano derecha hacemos: ti, ti, ta, ta, y con la izquierda ta,ta.
¡Precioso! Vosotros dos, Pepito y Manolito, empezáis a tiempo y tú (yo) entras en anacrusa.
¡En anacrusa! Yo, en anacrusa.
Para evitar confusiones me pinté en el dorso de la mano una I en la izquierda y una D en la derecha. Y me puse a hacer ti, ti, ta, ta. ¡Hombre! Entrar, lo que se dice entrar, entré. Aunque más que ritmo hice el ridículo.
Los niños me miraban y se reían. ¡Ellos, tan ricos!
Lo peor fue viniendo con el tiempo. Y lo peor se llamaba Dictado melódico. El profe se sienta al piano y toca unas notas y tú tienes que escribirlas en el pentagrama, pero no a tu libre albedrío, ¡no! De eso nada. Aparte de saber qué nota ha tocado el puñetero, tienes que saber si son negras, corcheas, tresillos o blancas, o cosas peores. Y allí estaba yo, con mi lápiz de los compositores, (que no me insuflaban sabiduría) la goma de borrar en mano haciendo esfuerzos por escribir algo consecuente.
— La primera nota es un La bemol, para que os sirva de referencia. ¿De referencia, de qué?, pensaba yo.
El profe tocaba los tres primeros compases del primer pentagrama. Y luego los otros tres, y así sucesivamente. Y mientras yo bordaba con mi maravilloso lápiz la clave de sol, el cabrón del niño que tenía al lado LO HABIA TERMINADO TODO. Y me miraba con esa risilla de conejo de niño sabiondo, repelente y pedante y decía: Ya está. Yo lo miraba a él, y luego a mi libreta, a mi solitaria clave de sol y mi La bemol y a continuación el vacío, la nada. Mi oído no había distinguido ni una sola nota posterior.
¡Qué ridículo, señor!, digo yo, ¿no les enseñan a los niños en sus casas que no hay que reírse de los mayores?
Esto sólo duró cuatro años. Entre tanto cogí el instrumento que tanto había deseado, el oboe, y empecé a pelearme con él. No fue tan desesperante como la teoría. Al menos, en las partituras las notas vienen escritas.
La música influyó en mi carácter, pero su estudio se dilató en el tiempo hasta que, un buen día, decidí que había llegado el momento de encararme con ella. Eso fue en el año 2000.
Lo comenté en casa ilusionada y con esa alegría que manifiestan los adolescentes, me dijeron: ¡estás loca! ¡Con lo mayor que eres! O quizás dijeron vieja. No lo recuerdo.
El caso es que yo soy muy cabezota y no desistí. Tenía que desentrañar los misterios de los sonidos.
Me compré una cartera, preciosa, sin ruedas (que no era un carro de la compra). Fui a una tienda de música y pedí el libro de solfeo y una libreta de papel pautado. Compré una goma de borrar de sabor vainilla y un lápiz con las efigies de los compositores más célebres (como si eso fuera una garantía de algo).
Y llegué a la escuela de música una tarde con mi cartera y mi ilusión. Nada más entrar en la clase me encontré con unos cuantos niños que al verme dijeron: ¿Eres la seño?
— No. No soy la seño, soy una compañera - respondí amablemente.
Los niños me miraron como sólo ellos saben hacer cuando te quieren desmerecer. Y ya no dije nada más.
Al principio fue todo más o menos fácil. Compases y ritmos sencillos. Incluso llegué a destacar. Pero ¡ay! Todo se acaba.
— Vamos a hacer este ritmo del libro, dijo un día el profe. Con la mano derecha hacemos: ti, ti, ta, ta, y con la izquierda ta,ta.
¡Precioso! Vosotros dos, Pepito y Manolito, empezáis a tiempo y tú (yo) entras en anacrusa.
¡En anacrusa! Yo, en anacrusa.
Para evitar confusiones me pinté en el dorso de la mano una I en la izquierda y una D en la derecha. Y me puse a hacer ti, ti, ta, ta. ¡Hombre! Entrar, lo que se dice entrar, entré. Aunque más que ritmo hice el ridículo.
Los niños me miraban y se reían. ¡Ellos, tan ricos!
Lo peor fue viniendo con el tiempo. Y lo peor se llamaba Dictado melódico. El profe se sienta al piano y toca unas notas y tú tienes que escribirlas en el pentagrama, pero no a tu libre albedrío, ¡no! De eso nada. Aparte de saber qué nota ha tocado el puñetero, tienes que saber si son negras, corcheas, tresillos o blancas, o cosas peores. Y allí estaba yo, con mi lápiz de los compositores, (que no me insuflaban sabiduría) la goma de borrar en mano haciendo esfuerzos por escribir algo consecuente.
— La primera nota es un La bemol, para que os sirva de referencia. ¿De referencia, de qué?, pensaba yo.
El profe tocaba los tres primeros compases del primer pentagrama. Y luego los otros tres, y así sucesivamente. Y mientras yo bordaba con mi maravilloso lápiz la clave de sol, el cabrón del niño que tenía al lado LO HABIA TERMINADO TODO. Y me miraba con esa risilla de conejo de niño sabiondo, repelente y pedante y decía: Ya está. Yo lo miraba a él, y luego a mi libreta, a mi solitaria clave de sol y mi La bemol y a continuación el vacío, la nada. Mi oído no había distinguido ni una sola nota posterior.
¡Qué ridículo, señor!, digo yo, ¿no les enseñan a los niños en sus casas que no hay que reírse de los mayores?
Esto sólo duró cuatro años. Entre tanto cogí el instrumento que tanto había deseado, el oboe, y empecé a pelearme con él. No fue tan desesperante como la teoría. Al menos, en las partituras las notas vienen escritas.
Se llama anacrusa a una nota o grupo de notas sin acento al principio de una frase y colocado antes de la barra de compás por lo tanto justo antes del primer tiempo fuerte.
23 comentarios:
Felicidades, Escriptorum. Me ha encantado tu relato, completamente cierto y me ha resultado raro que en un arranque no te hubieras comido la goma... si era de vainilla...
petonets, bruixeta!
¡Cuanta vida después de los cuarenta! Probablemente, la vida recomienza a los cuarenta. El ejemplo que explicas en tu post lo he vivido en mi casa de forma muy similar, con mi marido y la batería. En cualquier parte y a cualquier hora puede estar ensayando un ritmo de percusión, que suena a pom pom, pompom, pom pom. Pero, después de todo, parece ser que compartir aula y conciertos con niños no está tan mal. Un rato, claro.
Menos mal que a los cuarenta conceden una licencia que autoriza a pasar de lo que en realidad vale la pena pasar, y a saborear lo que en realidad vale la pena saborear. Y también la ilusión de pensar que es una buena edad para escribir novelas.
Dime, ¿qué es una anacrusa?
Te falta un util típico en el estuche de una alumna. En castellano recibe otro nombre, pero los que nacimos en esta parte del mundo decimos "maquineta".
Apa, ti ti, ta ta.
Desde Guatemala, un pais que sólo necesita buenos rapsodas que lo canten y en dónde las mujeres y las niñas aun usan su traje tradicional parecido al plumaje de las aves, me refiero el huipil y la falda, tejida, saludos y gracias por la información de los concursos literarios. También gracias por la acogida. Yo, por supuesto, os invito con el mismo agrado a visitar mi blog y a hacer algún comentario inteligente, como soleis hacer aquí.
Gracias de nuevo.
Cuando aprendí a hacer media (calceta) necesitaba la calculadora para menguar puntos, calcular múltiples más uno, etc. Y siempre me preguntaba cómo se lo hacen las viejecitas de pueblo de antes, que ni saben sumar ni calcular múltiplos.
Yo no creo que Orfeo supiera qué era una semicorchea, y mira qué famoso se hizo con su flauta :)
Arare. Pues más de una vez estuve a punto de comerme la goma de borrar y el lápiz y al niño.
petonets, bruixa roin
Frac.
Es que la vida no acaba a los cuarenta, ni siquiera a los cincuenta. Al menos no es esa mi intención.
ya me imaginaba que no te iba a resultar extraño lo que he contado teniendo el ejemplo en tu casa.
Cuando mi marido se puso con lo de la percusión, se entrenaba en la mesa de la cocina y con las tapaderas de dar la vuelta a las tortillas. Y las hijas detrás: ¡Papá que así no es!
Ya he dejado escrito qué es una anacrusa.
Petons
Nuria, un placer que vengas a visitarnos desde tan lejos, aunque con esta cosa del internet estamos a un paso.
Ahora nos vemos en tu blog.
Besos
Ana. También me suena lo que dices. Tenías que ver a ´mi tía Pili hacer media. la velocidad que llevaba y tampoco contaba casi.
Es un placer la media, de verdad. Ahora no hago, pero he hecho un montón antes de meterme con esto de la música.
Muchos besos
ja ja ja me ha encantado este relato sabes sobre todo por qué? yo empecé a estudiar música con cinco o seis años, y en mi clase había una mujer que a mí entonces me parecía mayorcísima... con el tiempo me di cuenta de que tendría menos de 40 años. es la historia, pero al revés!!!! un bico!
Este relato me ha devuelto a mi frustración mas grande: el hecho de nunca haber ido a un conservatorio a estudiar música con todo lo que me gusta.
Buen relato amigo.
;-)
Delicioso relato. Eres música y narradora, bien claro queda. Después de lo que cuentas, también está claro que a ti no hay obstáculo (incluso en forma de niño repelente) que se te resista.
Besos con sonido de oboe.
uh elèna! qué placer escuchar esta historia... yo creía que habías estudiado música desde pequeña.... Mira tú por donde.... me encanta lo que cuentas... como también lo del baterista en casa de Frac... Me da muchísima esperanza de seguir y seguir y seguir soñando con hacer cosas y .. hacerlas... no? como creo que haré toda mi vida..
un beso grande!!! a las 3 liter!
Donde se demuestra que la vida empieza en cualquier momento disponible :)
Me he divertido mucho y admiro tu determinación para conseguir lo que querías. A pesar de las zancadillas de los compañeros de clase :DD
Me ha recordado la cara de suficiencia que ponen mis sobrinos cuando desmontan y montan el ordenador, en el tiempo que yo tardo en apuntar cómo se abre la maldita caja metálica que lo contiene.
Una gozada este post, reineta.
Abraçades....!
Deses. Normalmente leemos los relatos de niños que ven a los mayores como muy mayores, como nos ha sucedido a todos. Mi caso fue al revés. A pesar de todo guardo un recuerdo muy bueno.
Alberto. Nunca es tarde. La ventaja que tenemos en València es que los estudios elementales los hacemos en las bandas de música. Y en la capital hay, no sé, si veinte o por ahi.
Yo no quería quedarme con las ganas.
un beso
Quantum. Soy músico, sí y espero no encontrarme nunca en la disyuntiva de tener que elegir entre tocar y narrar,aunque sea todo mal.
No quiero dejar las cosas para cuando me jubile.
En cuanto al niño repelente pues .... qué quieres que te diga. ¡lo hubiera ahogado con la goma de borrar!
Hla Mib, pues ya ves que ni yo ni el batería de Mati estudiamos música desde pequeños.
Todo es cuestión de soñar y poner los sueños en práctica.
Un beso muy fuerte.
Trenzas. Cuesta hacer las cosas porque siempre hay prioridades. Pero hay que organizarse, porque de lo contrario, no haces nada, excepto limpiar los baños.
Y, por ahí, no estoy dispuesta a pasar. Los baños y el oboe. ¡hala!
Petonetes, reina
Reina de la musica y la narrativa!
Enhorabuena por esa voluntad ferrea que le pones a todo!
Es un honor seguir leyendote, porque para escucharte tendre que ir al levante y eso de momento lo tengo un poco mas dificil!
Besos desde el sur.
Hola oboista. Soy el bateria de la Máquina del Swing. Utilizo la cuenta de Mati para intervenir.
Admiro tu empeño en hacer bien lo que te gusta.
Un dia, el profesor de nuestra banda de jazz, muchos años más jóven que cada uno de nosotros, nos confesó que por calidad musical no éramos su grupo de alumnos más interesante. Pero que gracias a gente como nosotros, aficionados musicales no profesionales que nos esforzamos en mejorar y entender la música, ésta tiene vida. Y que nos ponía como ejemplo cuando hablaba con otros maestros musicales. Es el mejor elogio que podíamos recibir.
Hola, reina de las olas del sur.
Pues,ya ves. La cuestión es parar poco, o lo justo.
¿cuál es la diferencia entre voluntad y cabezonería?
Será por ser Capricornio.
Lo importante es que aquello que hagas que no conlleve obligación, sea divertido.
Muchos besos, Meli
Señor batería de la Máquina del Swing. Con toda seguridad no somos los mejores, pero sí fantásticos.
Creo que es un magnífico elogio el que os dedicó tu profesor.
Sin nosotros, los aficionados a esta locura, la música no estaría tan viva. Ni nosotros tampoco.
Hubo un tiempo en que quise aprender a tocar la batería, y aún no lo he descartado. Aunque siempre me imagino las baquetas por el aire.
Gràcies.
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